miércoles, junio 30, 2010

no.14 / rolando sánchez mejías - Clavelito y la república cubana / bonus (tracks) / track 08




rolando sánchez mejías
(holguín, 1959)



Clavelito y la República cubana

En la década de 1950 la radio inundó el espacio público de tal manera que atrajo la atención de los políticos por el peligro que implicaba este género de “movilización masiva”. Tal fue el caso del popular Clavelito y su programa, chamán a distancia que recibía miles de cartas y llamadas desde cualquier punto de la Isla, sin contar los cientos de procesiones a la Habana para recibir sus consejos “en persona”. La opinión pública cubana -mezcla de “sentir popular” y rumor inducido desde los medios de prensa por los políticos y empresarios- se dividió en dos: por un lado, los que veían en tales programas (no era sólo el de Clavelito) un retraso en la modernización del país, un mantenerse en las “estructuras mentales atávicas” del siglo XIX y los primeros años del XX; y, por el otro, un “modo natural de vivir en lo cotidiano”, que no tenía por qué herir el desarrollo de la nación en su dimensión económica y moral. Una “comisión de ética” dispuso, en 1952, que no se debía estimular a través de la radio “creencias en pugna con la civilización o cualquier otro tipo de superchería contraria a la moral o el orden social”. Hay que recordar que la radio no sólo servía para “dramatizaciones ficcionales” de este género: los políticos arengaban también desde la radio, y ya pertenece a la “mitología nacional” el disparo que se propinó en el estómago el político Chibás en plena sesión radial, como “advertencia de los males” que aquejaban a la nación y como “salvación de su propia conducta moral”.
El proceso de gestación de la modernidad en Cuba a lo largo del siglo XX nos pone frente a dos niveles difíciles de colocar en un mismo movimiento homogéneo: las estructuras mentales y públicas, por un lado, y los problemas que presentaba la “capitalización” del país desde adentro –formas rurales y urbanas como los “pequeños negocios” y otras formas capitalistas primarias– y desde afuera -la definitiva influencia norteamericana-. Un ejemplo “paradójico” resulta el de los chinos que llegaron a Cuba durante el siglo XX: muchos de ellos, expulsados de Norteamérica, trajeron la banca y se erigieron en “artífices del dinero”, mientras que otros, la mayoría, tuvieron que sumarse a la “masa indistinta de blancos, negros y mulatos” que montaban sus lavanderías y tenduchas y arrastraban carretones de frutas y viandas por las calles de la Habana. (Se creó, así, el Barrio Chino de la Habana. De los 150.000 chinos emigrados entre 1847 y 1874, apenas quedaron vivos el 10%, según un censo efectuado en 1899.)
¿Preparó la República cubana del siglo XX el totalitarismo que vendría luego? Es una pregunta que hoy intentan responder algunos historiadores y “estudiosos del problema cubano”. Para unos, la República, al no cuajar en un proyecto sólido, dio paso al totalitarismo, responsabilizándose a la “débil e irresponsable burguesía cubana” de dicho “trastorno”. Otros ven en el “republicanismo cubano” un proceso aún no maduro, y en gesta de evolución, que fue cortado de golpe por circunstancias más o menos azarosas de la Historia. Incluso hay quien ve en el totalitarismo una etapa necesaria de modernización del país por vías no precisamente económicas, sino más bien “espirituales, morales y políticas”.
La República es un hecho, y más que un hecho, un proceso que tiene su lógica en la historia: en vez de criticarla o denigrarla, quizás sea mejor preguntarnos cómo, a pesar de la inclemente historia de Cuba, a pesar del atropellamiento de violencia, guerras, colonizaciones y pseudo-colonizaciones, pudo emerger una república desde el marasmo del siglo XIX y de las primeras décadas del siglo XX. Sucesión de etapas republicanas, inestables, sí, pero de las cuales es posible –además de ser un argumento moral– extraer una lección de civilidad: no la absoluta negación con que se afirma de la República algo poco menos que un desastre. Ni, tampoco, colocarla en un pedestal de modernidad lograda, perfecta, gratificante como nacionalidad conseguida o como aparato expedito de dicha modernidad. (Hay que recordar que la crítica que realizó la burguesía blanca exiliada en Miami, no vio en la república parte del problema que había llevado a la solución comunista, o achacó al mulato Batista la culpa del desastre nacional. La gran etnóloga y cuentista cubana Lydia Cabrera, llegó a decir, por ejemplo, que en Cuba no había cucarachas y que todos se querían como hermanos.)
Entre los más jóvenes –y entre los más viejos– cunden ambas radicalizaciones. Tanto en el exilio como en la Isla, son frecuentes y peligrosas ambas radicalizaciones, pues se exagera no sólo el pasado, sino también el futuro. Así como se exagerará o aminorará en unos años el “capital simbólico” del período llamado Revolución, hoy se hace con la República, y quizás sea conveniente pensar el futuro como una posibilidad extraída de las lecciones de ambas etapas, que finalmente se anudan una en la otra como caras de una misma moneda, como resultado de un pasado colonial y la confusión entre utopía y destino.


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exilios: imágenes lunares

Stephen Dedalus, en Retrato de un artista adolescente, termina su diario y la novela con dos notas: en la primera, su madre reza “para que sea capaz de aprender, de vivir mi propia vida y lejos de mi hogar… lo que es el corazón”; la segunda es sólo una corta imploración: “Antepasado mío, antiguo artífice, ampárame ahora y siempre con tu ayuda”. Stephen debe marcharse para “descubrir una manera de vida o de arte” en la cual su alma “pudiera expresarse a sí misma con ilimitada libertad”. Para Dedalus, el mundo ha dejado de tener apenas un significado concreto para erigirse en un emblema de la universalidad. Cuando mira a los ojos del decano jesuita con quien discute sobre la verdad de las palabras, Dedalus no reprende tanto la falta de astucia divina como el congelamiento de la astucia en su más baja degradación: la falta de entusiasmo. Y no sabe si adjudicarlo a un simple “letargo espiritual” o a una “negrura… cargada de intelección y capaz de las profundidades sombrías de Dios”.
“Silencio, destierro y astucia” serán las únicas armas de que dispondrá Dedalus en lo adelante, si quiere imponer sus planes de vida y arte. Para eso, tendrá que decir al hogar, a la patria y a la religión: No serviam. Uno puede creer que tales batallas sólo se libran en la adolescencia, cuando astucia y entusiasmo parecen provenir de la misma pasión. Pero en el exiliado la batalla se dirime en el amago de eternidad que le confiere su nueva vida.
Platón llama “reminiscencia” a una forma peculiar de inmortalidad, que no se sabe, siguiendo el razonamiento platónico, si es un duro aprendizaje vital a partir de la igualdad y la diferencia entre las cosas, o sencillamente una táctica para perseverar más allá de la muerte: se recuerda lo que siempre existió antes de “venir bajo esta forma humana”, lo cual anula la muerte. El exilio, siguiendo los sigilosos pasos de Platón, quizá sea una forma elemental de inmortalidad. Sabemos que hemos trasladado a “otra parte” nuestro cuerpo más o menos intacto, y no obstante, “algo” se ha olvidado en el camino.
El mutismo, el barullo y “las artes extrañas” son tácticas con que el cubano enfrenta el exilio: el mutismo, llevado a sus más graves consecuencias, puede conducir al manicomio, como le pasó al circunspecto Guillermo Cabrera Infante en Londres; o al suicidio, como le sucedió a Calvert Casey en Roma. El barullo es una cualidad interesante cuando se aplica con mesura, cuando se alterna con el mutismo, como hizo Virgilio Piñera en sus catorce años de exilio argentino. Al describir la pensión donde habitó en Buenos Aires, Virgilio enumera a una caterva de peruanos, tísicos, rumanos, maricones, yugoeslavos y putas que colman el lugar con sus toses, colchones crujientes y discusiones sobre el precio del azúcar y el café. También hay una “duquesa” que trata de convencer a Virgilio de que el padre de su esposo había sido Virrey de las Indias. Entretanto, el cubano se da sus escapadas de la pensión y cena con lo mejorcito de la intelligentzia bonaerense, Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Pepe Bianco, pugilateando alguna traducción. O milita con Gombrowicz contra esta misma claque, mientras traducen Ferdydurke a viva voz.
Joseph Brodsky, en su ensayo Esa condición que llamamos exilio, hace del escritor exiliado contemporáneo un hombre “un poco corrupto, casi por definición”, porque a pesar de vivir en mejores condiciones que “antes”, a pesar de vivir en un mundo más libre, añora la significación, vive en el desasosiego de una nueva condición metafísica: la lucha por el reconocimiento. Si trasladamos la observación de Brosdsky al mundo general de los exiliados, veremos que aunque varíen las razones para el desasosiego, no cambia la intensidad. Es más, el desasosiego, en un exiliado que no puede buscar la significación en el ámbito público, corre el peligro de ser atrapado en una escala metafísica más especular por menos espectacular. Un exiliado no sólo lucha por ser idéntico o diferente a los demás, sino que también lucha por ser idéntico o diferente a sí mismo, o ambas cosas a la vez. La impresión que sufre un exiliado al “reconocer” a un habitante de su antiguo espacio tiene mucho de reconstrucción fantasmática: su actividad, desde cierta perspectiva, es similar a los “trabajos del sueño” de que hablaba Freud. Hay que hilar fino para tejer esa aparición no sólo con el pasado del cual emerge, sin zafarla enteramente del presente.
Hay que hilar fino y, sin embargo, la realidad hace agua por todas partes, porque es imposible sopesar dos o varios fragmentos de distinta naturaleza a la vez sin recurrir a un tercero que les sirva de sostén. Así, hay que entender, aunque pueda llevar a irrisión, a los exiliados que practican la “estética” del fetiche: llenan sus casas de pequeños objetos y rituales del país de origen, no sólo perseverando en la nostalgia, sino sobre todo disponiendo de artefactos platónicos que lo ayudarán a edificar la nueva realidad. El exiliado, por naturaleza, es reminiscente, contemplativo, y si muere, es tal su extrañeza ante ese acontecimiento, que no sabe en qué sentido situarse respecto a su “historia personal”.
En el relato El regreso, Calvert Casey cuenta un viaje de Nueva York a Cuba; a su vuelta, el narrador cambia el decorado del apartamento neoyorquino: elimina los biombos orientales para permitir el paso del aire “como en los balcones y galerías de su país lejano e improbable”; sustituye las pinturas abstractas por cuadros y litografías de sus “paisajes patrios”; y en vez de “hacer sonar los discos de jazz y las quejumbrosas danzas de los israelitas del Yémen”, pone boleros y viejas danzas criollas. Finalmente regresa y es tragado por la violencia del país. Al morir, como en una mala reminiscencia, el narrador –tartamudo, como Casey– sólo recuerda detalles “aislados e insignificantes” de su vida.
Es curioso que los cinco prosistas no barrocos más importantes de Cuba en el siglo XX –Lino Novás Calvo, Calvert Casey, Virgilio Piñera, Cabrera Infante y Reinaldo Arenas– practicaron el exilio, o lo combinaron con otra modalidad de la fuga no menos peculiar: el exilio en el interior de la isla. Piñera y Arenas fueron partículas provincianas que apenas hallaron, en La Habana, una sede más o menos estable: el exilio habanero es rico en abruptos vaivenes entre pensiones, cuartos alquilados y “solares”. Calvert había nacido y vivido en Estados Unidos, y Lino no era cubano, sino gallego. La “formación sentimental” de estos hombres –y por consecuencia la formación de su prosa– está marcada por la errancia: son citadinos o cosmopolitas porque a la ciudad derivaron por fatum o carambola. Pero en verdad, su prosa, a pesar de los ritmos y tramas urbanas, es una prosa “de provincia” en el mejor sentido de la acepción: una prosa “menor” que calcula, fría o visceralmente, su falta de lugar en el mundo, la marca del que no tiene Patria o del que ha sido expulsado de la Patria, o más exacto, del terruño.
El exilio intelectual cubano del siglo XIX (figuras como Varela, Martí, Heredia y Villaverde) a pesar de su alta probabilidad de incertidumbre, tenía asideros patrióticos, morales y emocionales. El destierro, como cualquier transterramiento, era doloroso, pero el sentido de la “misión” ajustaba las clavijas de la identidad hasta donde época y épica lo permitían. La prosa de Martí en ningún momento delata la impaciencia del transterrado en sordina; más bien le sirve, la prosa, para amplificar, mediante un altavoz modernista, la tarea fundacional del “elegido”. Sólo en la segunda parte del siglo XX, desde 1959, una porción del exilio cubano logra conciliar dolor y fervor. Los cubanos fundan Miami, la sacan de los pantanos, no tanto como un acto vindicatorio de la Historia sino para arrancarle otra vez a la naturaleza la ciudad que les ha sido negada. La imposibilidad de fundar Cuba es la angustia que recorre la psicología casi naturalista del cubano: se sabe anclado en la Historia, pero intuye que ese civismo es dramático, a la postre irresoluto. Que el cubano hable por los codos o caiga en catalepsia es síntoma de su constitución tragicómica. No hay individuo más mentiroso y sincero que el cubano. Miente por las mismas razones que lo llevan a decir la verdad: miente incluso cuando dice la verdad, porque carece de fundamento. Y si calla, posiblemente no esté ni siquiera pensando. Es un delirante en acto o en potencia, y si alcanza estatuto de exiliado, cree que su delirio es tan antiguo como la Naturaleza, y tan moderno como una Historia que nunca le da la razón.
A diferencia de Lezama y de Carpentier, que consolidaron estilos sólidos desde el castellano como lingua mater, aquellos cinco parias de la escritura –Piñera, Novás, Infante, Arenas, Casey– tuvieron que “orear” el idioma de sus precarias maletas, poniéndose a tono con La Habana. El barullo de los tencenes, de las guaguas, de las bodegas; el chismorreo de las vecinas; las discusiones en casas amotinadas por una familia innumerable; la didáctica de barbería; las transacciones de poca monta con vendedores y viajantes; la radio en alta voz como discurso de fondo; el parque; el estadio de béisbol –o mejor dicho de “pelota”–; las fondas de chinos y gallegos; el cabaret; los “locales” del puerto; el sobrino comatoso al que le dio el mal de San Vito y se puso a mascullar “en lenguas”; la logomaquia de los políticos; la burla; la bachata; el navajazo en el carnaval… Pero también la Habana tenía un reverso silencioso no menos lunático: el empleadillo de banco o de farmacia que se cree de estirpe navarra o castellana y se tapa la boca con un pañuelo para no hablar; el mustio, el triste, que se sienta en un sillón y se hamaca mirando los celajes; el suicida que sopesa sus venas o se estira el pescuezo, a ver si la soga da; la siesta bobalicona; el cine para masticar caramelos; el filósofo de barrio que con su ejemplar mal traducido de Kant en el sobaco va repitiendo bajito cosas que no entiende; la viuda, la abandonada, la solterona, que hacen mutis por el foro de la vida o van a sesiones de espiritismo para encontrar coloquio o soliloquio…
Hay otro paria: Guillermo Rosales, que escribió Boarding home en Miami. Cuando su familia miamense lo recibe, en vez de un proyecto de homo economicus, lo que ha entrado en el aeropuerto es un adefesio enloquecido, flaco, sin dientes. Casi sin solución de continuidad, va a parar a un boarding, casa de esquizos y borderlines que reproduce de alguna manera la no tan extraña alianza que serían Cuba y Miami en la mente de un tercer delirante. Hay sólo un personaje “hermoso”, y su hermosura de novia produce miedo, porque su lenguaje apenas da para repetir, sin insistencia, como si la “prosa del mundo” se hubiera trocado en hielo: “Mi cielo”.
A diferencia de los anteriores, éste paria, Rosales, escribe con una ligera torpeza, como si el sentido y la oralidad del mundo se le escaparan. Como Stephen, para Rosales las cosas han perdido significado –aunque carecería, a la inversa de Dedalus, de la capacidad de restablecer el sentido en una abstracción superior, sea calculada o sentimental. Los bobos del boarding no hablan: babean. Y los que pueden hablar, como el terrible mulato Arsenio, y la vieja burquesa que llora sus propiedades expropiadas en Cuba, actúan, cada uno a su modo, en el mejor exilio que les ha tocado en suerte: aquel que da continuidad a sus vidas.
Visto de cerca, esto puede ser un desatino. Vista de lejos, la imagen que unos exiliados pueden ofrecer no se diferencia, en el fondo y en la superficie, de la que ofrecen sus semejantes sobre la tierra.