sábado, enero 21, 2012

33y1/3's clips

33y1/3's clip por Elena V. Molina



33y1/3's clip Vol.2 por Elena V. Molina

miércoles, noviembre 04, 2009

No.13 Cabeza y brazos fuera de esta ventana


otros brazos
(otras cabezas)

daniel díaz mantilla cállate ya, muchacho

omar pérez las estaciones

efraim medina reyes a golpes / sexualidad de la pantera rosa

naief yehya la gente de latex

juan francisco ferré alegorías de América / América subprime

ricardo alberto pérez la extraña metamorfosis de Casia Heller

hablé sobre Dios con Antonin Artaud
antonin artaud la piedra filosofal / poesía

rachel resnick los carnívoros de Marrakesh

jamila medina tres instantes a lo debbie malon

néstor cabrera going to Montana VII

pedro lemebel la iniciación de los conscriptos / Silvio Rodríguez

e. annie proulx brokeback mountain

james tate brujas & sangre nueva

roberto gonzález echevarría el puente de ponte
josé antonio ponte caja negra de la fiesta


–Pretende usted enojarme con sus tontas parábolas. Lo sé todo sobre su propio padre; Pavel Isaev me habló sobre él, me dijo que era un tiranuelo, que todo el mundo le odiaba, hasta que sus propios aparceros lo mataron. Cree usted que, como su padre y usted se odiaban el uno al otro, la historia del mundo ha de ser simplemente la historia de las guerras que se libran entre padres e hijos. No entiende usted el sentido de la revolución. La revolución es el fin de todo lo antiguo, incluido padres e hijos. Es el fin de la sucesión y las dinastías. Y se renueva incesantemente, si es revolución de verdad. Con cada nueva generación, la vieja revolución queda invalidada y la historia empieza de nuevo. He ahí la nueva idea, la idea verdaderamente nueva. Año uno. Carta blanca. Todo se reinventa, todo se borra y renace: la ley, la moralidad, la familia, todo. Todos los prisioneros son puestos en libertad, todos los delitos son perdonados. La idea es tan tremenda que usted no alcanza a entenderla, como tampoco la entienden los de su generación. Mejor dicho, usted la entiende demasiado bien, y pretende asfixiarla en su cuna.
–¿Y el dinero? Cuando se perdonen los delitos, ¿se redistribuirá el dinero?
–Mucho más que eso. De vez en cuando, en el momento en que menos se lo espere la gente, declararemos que el dinero existente carece de valor y emitiremos una nueva moneda. Ese fue el error de los franceses, permitir que el dinero antiguo siguiera en circulación. Los franceses no hicieron una verdadera revolución, porque no tuvieron el valor de ir hasta el final. Liquidaron a la aristocracia, pero no eliminaron la antigua manera de pensar. En nuestras escuelas se enseñará la manera de pensar propia del pueblo, la que ha estado reprimida durante todo este tiempo. Todo el mundo irá de nuevo a la escuela, incluidos los profesores. Los campesinos serán los maestros, y los maestros pasarán a ser alumnos. En nuestras escuelas haremos hombres y mujeres nuevos del todo. Todos renacerán con un nuevo corazón.
–¿Y Dios? ¿Qué pensará Dios de todo eso?
El joven se ríe de puro júbilo.
–¿Dios? Dios estará verde de envidia.
–Así que usted cree en Dios.
–¡Por supuesto! ¿Qué sentido tendría no creer? Lo mismo daría prenderle fuego a todo, convertir el mundo en ceniza. No; iremos ante Dios; nos presentaremos de pie ante su trono, lo llamaremos. ¡Y vendrá! No le quedará más remedio que escucharnos. ¡Y entonces por fin estaremos todos juntos en un mismo pie de igualdad!
–¿Y los ángeles?
–Los ángeles formarán círculos a nuestro alrededor entonando el hosanna. Los ángeles estarán embelesados. También ellos serán libres para caminar por la tierra como hombres de a pie.
–¿Y las almas de los muertos?
–¡Que cantidad de preguntas hace usted! También las almas de los muertos, Fiador Mijailovich, también si así le parece. Las almas de los muertos volverán a caminar por la tierra, por supuesto. Si así le parece, también Pavel Isaev. Lo que podemos hacer no tiene límite.

el maestro de Peterbursgo
j. m. coetzee

daniel díaz mantilla (la habana, 1970) cállate ya, muchacho



daniel díaz mantilla
(la habana, 1970)



cállate ya, muchacho

No corre el viento aquí, no pasa el tiempo. La ventana es un boquete estrecho y alto que sólo deja ver un fragmento de pasillo techado; la puerta, un boquete tosco protegido con gruesos barrotes pintados de negro. Del lado de allá, otro pasillo estrecho y húmedo conduce a cubiles semejantes: apenas tres por cuatro metros de penumbra, nichos de cemento frío con espacio suficiente para seis bípedos acorralados.
Por suerte, esta noche sólo somos cuatro. Cada cual en su nicho, mirando al techo o las paredes, pensando en ese tiempo que transcurre afuera sin nosotros e intentando medirlo inútilmente mientras tratamos de llegar con vida al próximo minuto. Toda la esperanza se reduce a eso: pasar de un minuto al siguiente sin problemas, resistir sin perder el control, sin caer. Cualquier esperanza, sin embargo, puede ser una trampa para estos bípedos que ahora, acorralados, aguardamos el próximo minuto.
Pero el próximo minuto no llega o, si llega, se funde con el anterior en una sustancia amorfa, elástica, sin más acontecer que flujo febril de las ideas, la rabia iridisciendo en los ojos y una tensión que aumenta a cada instante, el sobresalto interminable de existir en un lapso al margen del mundo, en un nicho frío y sucio que alguien, lejos, guarecido en su confort, diseñó para despojarnos de toda condición que no sea la de bípedos.
–Me llamo Luis Emilio Guzmán Valdivia –dice una voz a mi izquierda–. Mañana es mi santo. Voy a cumplir veintiocho y llevo diez días aquí sin saber de mi familia.
Escucho sin moverme. El tono es resignado, casi apacible.
–¿Por qué estás aquí? –inquiero.
–Dicen que por sacrificio de ganado, pero yo sólo compré la carne. Hay que comer –dice–, imagínense.
Trato de encontrarle un rostro a esa voz y no lo logro. Mientras sea una forma abstracta, pienso, seguirá siendo despreciable en su grisura. Un nombre, un rostro, un dolor, lo acercarán a mí mismo. Tengo la vista fija en el bombillo: un foco de luz amarillenta empotrado con torpeza en un hueco de la pared a la altura del techo, protegido con cabillas, cubierto de hollín y telarañas. Casi hostil esa luz, casi su propia antítesis. Ese es el rostro de Luis Emilio, ese es hoy también mi rostro.
–Yo soy Leandro Azcuí –murmura otra voz frente a mí–, soy del rancho Las Mercedes, de la sierra, y maté a mi mujer. Yo la maté –repite con fuerza y el eco resuena en el pasillo sin visos de arrepentimiento o pena.
Silencio. Pienso en mi casa distante, en mis amigos ajenos a este trozo de realidad tan inusual para ellos, para mí: somos mansos mis amigos y yo, gente buena que sólo en televisión ha visto cárceles, y aunque a ratos nos sentimos enjaulados, nuestra jaula es metafórica.
–Mi nombre es Daniel –digo casi sin pensar–, soy escritor. Yo iba para El Valle. El ómnibus paró en la terminal y bajé a comer algo. Me detuvieron, dicen que me iba del país.
–¿Y a qué va un escritor al Valle, si se puede saber? –pregunta la cuarta voz debajo de mí.
Decir escritor impone cierto respeto, lo que escribes puede llegar lejos y eso es un arma. Si cuentas que intentaron intimidarte para que firmaras un acta de acusación absurda y cuando te negaste te trajeron aquí, sin delito, sin derecho a una llamada telefónica; tal vez tu arma sea usada contra ti: es fácil reducirte a un bípedo acorralado, muy fácil quizás. Por eso tal vez mañana tantee temeroso el bolígrafo y desista.
–¿Y a qué ibas tú al Valle? –me interroga el capitán.
–No sé, creo que a ver.
–¿Ah sí, a ver qué?
–A ver lo que hay, a conocer.
–¿Y a quién tú le pediste permiso?
–¿Y por qué tengo que pedir permiso?
–Porque me da la gana a mí. Para ir al Valle o a cualquier lugar en este municipio tienen que pedirme permiso a mí.
Lo miro. Es un hombre triste este capitán, prisionero de circunstancias que nunca alcanzará a comprender, tan seguro en su cárcel, con su pistola a la cintura y su vacío en el alma. Si yo fuera su hijo también me diría: tienes que pedirme permiso a mí. Pero no soy su hijo, ni su amigo, ni su subordinado. Me encojo de hombros y lo miro sin hablar.
–Yo soy Julio y vivo en El Valle –dice la cuarta voz–. Lo que te voy a contar es para que lo escribas, si eres tan bravo como dices.
–Habla –le pido.
Julio tiene veintidós años. Se fue a vivir con su mujer y su hijo al único apartamento vacío que quedaba en el edificio. Todos en el pueblo estuvieron de acuerdo, pero la policía los desalojó.
–Esperaron a que yo no estuviera para venir –murmura Julio–, amena¬zaron a Nena, que no me iba a ver más la cara si no salía, y lo tiraron todo para afuera. Ahora dicen que yo amenacé al capitán.
–¿Y el apartamento? –pregunto.
–Lo tienen ellos –responde Julio–, dicen que para hacerle un calabozo a la gente del Valle.
–Cállate ya, muchacho –aconseja el celador allende los barrotes.
Abre la reja y me llama. Lo sigo de vuelta hasta el cuarto por donde me hicieron entrar. Húmedo y sin ventanas, es casi la antesala del infierno, pienso mientras acordono mis botas. Recojo la mochila y salgo. En la puerta el capitán me ofrece una disculpa:
–Todos los hombres se equivocan –dice.
–Unos más que otros –le contestaría, pero no tiene caso: es un hombre triste, un prisionero de circunstancias que jamás comprenderá.
Afuera es madrugada. El pueblo duerme resguardado de la frialdad de enero. La calle es dura bajo mis pies. Camino sin prisa hacia la terminal, pensando en el reto de Julio. Quiero llegar al Valle, ver lo que hay, contarlo.

jamila medina (holguín, 1981) tres instantes a lo Debbie Malon: teaspoons (II)



jamila medina
(holguín, 1981)

tres instantes a lo Debbie Malon:

teaspoons (II)


Para Calvert Casey:
que escribía a través de mí sin yo saber.

Me vestí de jueves y llamé a mi daddy para que me prestase nuevamente su chofer de jueves. Era mi día de clínica y él no podría negarse.
Luego de algún tenue pataleo al que ya estábamos acostumbrados: daddy y yo, mejor: daddy, su thursday-taxidriver y yo (lo necesito, daddy, mira que haré un escándalo en las oficinas, daddy, que luego seremos dos para pedir y llevo cinco semanas sin menstruar…) lo conseguí. Por suerte daddy no soporta que se hable de sangre delante de su nueva secretaria (blanca, de carnes rebosadas y piernas deliciosamente varicosas); menos de menstruos.
La sangre sin embargo es lo preferido de Ray. Creo. Después del batido de cerebro que, luego del trépano y todo lo demás, sale por nuestros agujeros. Esos –bien encerados por el borde: porque los huesos también sangran, qué dulzura: me explicó Ray con los ojos en éxtasis– agujeritos que amamos abrir los neuros sobre un precioso ejemplar (aquí sé que miraba impúdico el mío, con mal llevada lascivia) de cráneo humano, al que sabemos atosigado por presiones.
Pero lo mejor de Ray es que también fue ginecólogo. Y que ha sido programado (en insondables, cargados como mis tazas de té: planes de estudio) para ser médico general no-sé-qué-más. Así no necesito verle el lindo rostro entre mis piernas a más nadie; ni nadie más me «deprime» poniendo una paleta desechable de madera sobre mi lengua, para hurgar en mis amígdalas; ni me pincha la punta de los dedos, con primor, para ver mi sangre correr… y analizarme de paso.
Subí con prontitud los siete pisos (odiaba los cuchicheos de la rubia, imitación de rubia: delgados tobillos, rodeados de cadenitas con dijes de levísimo metal, imitaciones de metal, que manejaba el ascensor). Toqué suave en la puerta y esperé a oír su voz. No es que esté esperando a alguien más: Ray es MI médico particular. Ni que yo temiese interrumpir alguna ronda (de esas en que se comenta qué bello hígado y bonito tumor) de médicos. Todos saben en la clínica que los jueves a las cinco de la tarde Ray me está reservado solo a mí. Y a nadie más.
Dijo pase, con ese tono de aparente indiferencia con que me recibía siempre, y en el que yo por supuesto nunca creería. Sabía que temblaba por mí. Pasé e hice pasar a mi nana, señalando con un gesto de cabeza (bajo el cuero cabelludo, la dura madre, esa parte aracnoidea…: cada capa de hojaldre de mi cráneo desquiciante), y él asintiendo antes de verme señalar (lo deseaba y yo sabía).
Hízose cargo enseguida y entonces, cuando todo lo dispuso para el té, fue mi nana quien cabeceó como pidiendo excusas (vimos así: su viejo cráneo, asqueroso, bambolearse)… y yo la dejé ir.
Puse apropiadamente: leche y dos terrones de azúcar y, por supuesto, una prolija porción de té en su taza. Había aprendido a calcular con primorosa exactitud las proporciones. Hizo girar, primero en redondo y luego en cruz la cucharilla: por disolver lenta pero cabalmente toda el azúcar. Golpeteó leve con ella sobre el borde de la taza, escurriendo cada gota. Y yo quise ser la taza, pensé en aquella fría cucharilla recorriendo el borde de mis labios rosáceos: escanciando la dispendiosa gelatina entre mis muslos.
Bebió con fruición y preguntó al fin: qué te sientes hoy, princesa –de nuevo el tono glacial que pretendía helarme el tuétano («para comerme mejor», ¿no, querido?: hubiera deseado escupirle a la cara, porque yo conocía sus deseos). De nuevo la cabeza, de egipcia probidad (ya querría también Debbie, tenerte, amado Yorick, presidiendo su escritorio: anhelé empática), sobre el cuello níveo de Ray: en una imperceptible reverencia inclinados, como prestándome atención. Maldito Pensador, volqué con los ojos (al darme un vuelco el sensiblero corazón cuando Ray Murthay me tocó para volverme a preguntar: Qué tiene hoy Debbie Mallone…) la marmórea escultura que presidía su buró. Y tu Rodan rodó –rimé en solitaria sesión mi minúscula victoria.
Impasible: ponte sobre la cama verde, Debby (y yo odiaba que achicara mi ya little-kind-child name), Ray continúo el rito. Quítate antes esas bragas, Debby (un poco más y me palmea la espaldita… al pedir, sin tapujos, que desnudase el pubis, los iliacos y esa por él preciada zona –yo lo había visto palparla, con una tempestad bajo la frente, en las yemas de los dedos, demasiado a menudo–: en que el vientre y el inicio de la pierna dibujan un exquisito pliegue). Acomódate bien, Debby. Abre más esas piernas, Debby. Y deja de moverte, Debby. Y… y… y… –iba yo remedando mentalmente los acostumbrados bocadillos con que había decidido «mantenerme al margen» Ray Murthay.
Pero la pequeña Debbie Mallone lo que realmente quería era olvidar, predecir lo que diría Ray para así borrarlo, creerlo parte de su cabeza enferma.
Le miraba y remiraba hacer entre mis piernas, deseándolo hasta el vértigo (cada vez podía oír, «para verte mejor», cómo echaba al bote de basura más y más gasa empapada de mis tazas de jalea: la anhelante gelatina con que yo lo llamaba, hacía un gesto con el dedo y luego ya una mueca desesperada con toda la mano izquierda, pidiéndole que entrase en mí).
Y viéndole hacer… yo ponía palabras en su boca o las quitaba: adecuándolas al bisbiseo de sus labios, los movimientos de su lengua hacia el paladar (para articular un fonema palatal cualquiera); o aquel con que hacía una velar (kordura, Debbie… vamos a ver si te estás trankila, korazón); y, sobre todo, seguía con poderosa atención sus líquidas (luminosa Debby, rabiosa fierecilla mía...).
Estuve así, como cada jueves, bajo el filo atento de su ojo. Estuvimos. Aperto el castor (esta vez lo observado), fue Debbie sabiamente trabajada por Ray durante quince (estirados como calamellus de melcocha estirada) por suerte larguísimos minutos; y yo trabajé a cambio sus palabras. Él deshojándome el vientre y yo: haciendo una personal-Debbie-bad-translation solamente para mí, con tal de verle decir lo que quería, tal de hacerme mimar un rato.
Por suerte terminó la inspección y pudimos respirar (yo sentía su leve asfixia, el regodeo con que lavaba sus manos –pero antes las lamía: advertí imperativa, invocando la magia simpatética– allá detrás de las sábanas verde antiséptico). Entonces, inspiramos y expiramos ya un poco más tranquilos.
–Entre dos y tres meses, pequeña. No quisiera interrogarte pero me pregunto cómo es que pudo suceder, si no he dejado de cuidarte: colocarte delicados DIU, recetarte y comprar incluso, casi poniéndolas en tu mano junto a un vaso de agua, tus pastillas Anticop…
Vi bregar su cabeza, raramente apenada: su lava intracranéana burbujear (como en esas vítreas bolas pisapapel en cuyos vientres flotan barcos).
–No entiendo nada, Debbie.
Pero yo estaba sopesando justo entonces ese mito purulento que mayestático ocupaba miles de cráneos, allá abajo: los tipos como él ponían su lengua AHÍ dentro, para extraernos un tumor. Imaginaba su lengua entre mis vasos capilares, el espesor de mi líquido encefálico, su poderoso peso, sobre ella… cuando Ray dijo de nuevo:
–Nada, de nada, Debbie; ¿me lo explicas tú?
Y yo tampoco sabía cómo. Dudaba (Doubt contradict my self) si en mi avaricia estaba poniendo también estas palabras en su boca, para estarme ese jueves con el Ray un poco más. Ni yo creía en la partenogénesis ni había estado abriendo mi castor para nadie más durante los últimos diez meses. Tampoco yo entendía nada.
Vamos a tener que hacer una cuidada intervención, un poco peligrosa Debby. Cómo es que nos haces esto, Debby. ¿Querías acaso que Sir. Mallone nos mate, Debby; deje sin Nan II a mi bebita, Debby? –lo escuchaba, o no, balbucear como un chiquillo acongojado su cuita; como un celeste Gollum de desdoblaba personalidad: mentando un «nos», haciéndo-nos partícipe de una unidad que yo para nada comprendía.
Entre sus griticos espantados y mi vahído creo que pude comprender, tratar de poner en claro, viendo a través de los pozos asentados en mi taza de té: que se trataba de mi padre, que lo asustaba matarme durante esa «cuidadosa intervención» que ahora teníamos que emprender.
Dangerous: rosa maléfica el viaje que habría de iniciar –me dije. Ray no temía matarme por mi padre; temía querer matarme por sí mismo, tenía pavor de que sus manos –ya que por un lado lo iban a liberar de mi ahogante presencia de los jueves y por otra parte iban a ser las secretas libertadoras de sus más recónditos deseos: detonadoras de su inconsciente. ¡Miedo de ti, miedo de ti! –pretendí gritar yo pero era tarde, no respondía la lengua tropelosa: habiendo dejado de mirar las bellas, suavísimas manos de Ray, estas se habían dedicado a suministrarme, directamente en vena, sus pain-killers.
Comencé a ver borroso y supe el resto: Ray Murthay como flotando sobre mí (hermosísima yegua de la noche… y me refiero al íncubo: la inoculada pesadilla que se gesta, creo, en el cerebelo), se encargaría primero de besarme en la boca, toda la boca de Debbie bajo Ray, bajo su peso o su poder. No por necrofilia, qué va: sino para premiarme, agradecer, y premiarse por tenerme por fin bajo la sierra (quizás una delicada, finísima segueta: preciosa cuerda de violín).
Luego sería el banquete. Yo no había logrado ver nunca tras las cortinas verde antiséptico, pero seguro había allí una provista alacena –tal vez un blanco botiquín– donde se guardarían el jugo de limón y los sucesivos ingredientes de la orgía: el pote de picante y la blanca salsa rusa y la meliflua mantequilla de maní, y la mirra y la albahaca, incluso un poco del estrellado anís y del bijol, la mermelada de nísperos, el tomate: signado en letras itálicas su precioso, bermejo, contenido…
Yo no había nunca visto más allá de la cama, ni vería; no sabía los gustos de Ray: sus manos palpando cada jueves, su edad, la andrógina lisura de su pelo, el sabor de su colonia justo en el dedo con que ponía el compresor sobre mi lengua… Pero sí sabía la lección.
Él –tras rasurarme sobre la nuca y asegurar el triunfo de su cefazolina– me pondría «decúbito supino». Disfrutaría lustrando mi piel con Hibiscrub y marcando el lugar de la incisión. Prodigaría –con las finezas que se gasta en un bebé– los más regios cuidados a arropar mi cabeza. Tras los primeros cortes, escanciaría amablemente, con el disector de amígdalas: la grasa, la galea, el periostio.
No por gusto yo había sostenido largos duelos con Ray: inquiriendo sobre cada operación, queriendo reconocer, bajo cada gesto seguro de la queirós, los más hondos, olvidados, buhardíllicos resquicios de mi querido neurocirujano.
Conocía el procedimiento, comedido del cazador, hasta el final: el retractor Hansen, el agujero de trépano, la duramadre en cruz y toda esa otra mierda quirúrgica…
No necesité pugnar contra sus «asesinos del dolor» para saber la punsión en el ventrículo, y el endoscopio que Ray hubiera [¿Broncoscopio flexible Olimpus® BF_ P10 (5mm). Can., Artroscopio rígido Karl Storz® (5mm), Fibroscopìo flexible Aesculap® (5mm) Canal de trabajo 2mm?] preferido, entre sus fiebres –quemantes sobre cualquier tejido mío que rozaba–, tomar de entre sus lanzaderas, para en mi cráneo «navegar»: metiéndose hasta mi agujero de Monro (bellamente dibujado en media luna, ¿no Ray?), por mis talámicas –yo lo veía rumiar lo mullidas que las encontraba– vías venosianas.
Después, en el centro de una preciosa excitación, en la cual yo jamás le vería agitarse por mí, practicaría la fenestración. Ray Murthay se suicidaría en el colmo del éxtasis por cualquier recóndita ventana que hallase abierta o cerrada, allá dentro de mi cráneo. Ray lo estaría, luego de diez minutos de anestesiarme: disfrutando hasta el dolor. A mí no había que contármelo.
Más tarde (yo: no sé si totalmente cercenada la cabeza, casi luciendo como Yorick y él: ya con un poco de culpa empozada en la mirada, pero aún eufórico), se preguntaría (¿me?), contemplándome (¿me?), con tono neutral, las conocidas cosas sobre el ser y la nada. Habría cortado usando la segueta –pulsando gracias a ella su más querida melodía de clasical-rock… mientras me abría. Violado estaría mi último escondrijo y, levada como un puente la parte superior de mi cráneo como se abre una caja de Pandora.
El limón y el Tabasco suelen hacer su labor en media hora, con lo que tensarían, quizás peligrosamente demasiado, la paciencia de Ray: alargando con mucho empalagosamente esos minutos. No puedo predecir: a pesar de todo, conozco poco los exactos procederes de su gula. Pero sí sé que Ray (como no haría mi padre-joven, que acostumbraba a comer los sesos del mono directamente del recipiente de sus huesos): amansará sus nervios, y la ávida –procaz– secreción de su saliva. Y que aún empleará parte de su tiempo en disponer, sobre la pálida, y nacarada, y pulida superficie de la mesita del té: el deseado manjar.
Con las pinzas para el hielo lo llevará –poniendo mucho cuidado de que nada se derrame– desde la caja de Pandora de mi cabeza a su platillo para el té: ese en que nada, sobre un fondo azul, un tópico dragón de escamas plata. Sus blanquísimas manos, temblorosas, le permitirán aún: especiar, y orlar, y aderezar la golosina. Y solo entonces –no sé si con gusto o ya más bien picado de ansiedad: queriendo ahogar la vocecilla de Debbie Mallone que le zumba en el oído–: partirá Ray –limpio su gesto de avezado– un pedacito de cerebro con mi teaspoon –Stainless Steel, made in United Kingdom– y se pondrá a comer (¿me?).

néstor cabrera (la habana, 1976) going to Montana VII



néstor cabrera
(la habana, 1976)



going to Montana VII

la dulce costilla (del grupo kitsch)
estremecimiento
timbre y despegue

caída en dorados declives
de suaves y cálidos jugos
acaramelados aceitosos

entrar a esa embriagadora médula
—madura-bomba cruda—
imaginar adonde se puede llegar
pretender que todo gire siempre
cambie
y no percibir en realidad el exquisito sabor hasta que no está

para dedicarse a ese inútil hobby
de buscar la forma única en las demás
la que no es
tal vez sea la razón

bla, bla, bla…

donde no hay



●●●



grrracias, grrracias.
Silencio. Un antiguo orden que siempre se concibió para lo alto. Para que todo caiga en su justo lugar. La desconexión. Por primera y última vez, ahora. Encontrar. ¿Sirve de algo?

El canal está abierto. Y algo corre por las brechas. Tal vez un sorbo de la más dulce de las frutas ácidas. Antes de una nueva oleada (y esta no termina). Sin escalas progresivas. Daño neuronal. Desvariar. Perdón, nos usamos… devastamos. Si hace sentir mejor…

La fórmula,

Algunas_personas I mismo—misma tú dejar por. seguro hablarme-entradas ¿qué? con, quién espera una/noche de nuevo (humo déjala) señales enchufarse & habilidades ¡Hablo! no… tiempo, p… ¿Por cuál línea vienes?

…por favor.



●●●



algo más
se necesitan dos voces
para no tener que disculpar el no poder decir
mientras dure el rayo
y se ilumine la fibra con el estruendo vacío
sosteniendo la distancia

una tensa, cuerda
el orden del día... y la noche
—¿qué tal todo?
la nada, oscura-maliciosa
qué poesía ni poesía
…mira, las personas se cohetean

otra alterna, puta, muy... (3.). y bien…
que tenga don de lenguas
guste de los filos y los cortes
atrevida como tantas
puntiaguda
—¿tienes algún cortaúñas a mano, o una felpa?
para las extrañezas (demasiadas)
las pálidas
los “no me importa”
sin tener que asumirla,
es más, hablar mal de ella
como se acostumbra
convertirla en un artículo despreciablemente atrayente
que pueda comprarse en un basurero
—¿será mucho peso?

el interés… otra vez… dale…
asumo
cuanto pueda arrebatar
me
es

¿qué fue eso del allá? siempre sorpresas
créditos e agradecimientos… tuyos
sirvan las notas/las bolas oxigenadas/la proximidad
unos sorbos, reír
la brisa va en un sentido
y en otro
la puya
por cierto, ya se capturan los ecos de los que no están



●●●



contra la pared
Prueba de fe o lo contrario de hablar con propiedad
entrega, disolución, unidades
¡Valquiria!
Tú y tus niveles

--Este es el potenciador del objeto, o sea, este programa sólo corre cuando los códigos son disfuncionales. Los parámetros 1, 2 y 3, nunca son reproducibles una vez que el proceso se desencadena pero siempre se incluyen para mostrar la sucesión lógica y cómo llegar a utilizar de manera práctica el objeto. (No volver a mostrar este diálogo.)

¿Qué tiempo queda?
…la práctica del encaje
volver_te
fijar la superficie blanda,
el surtidor en un enlace boreal
donde las superficies ya no son barreras
ni el silencio,
y quedar
narcotizado por un perfil radiante
¡Nein!

--El director tiene 12 canales de sonido estéreo en uno
--Detener este cronómetro al final del latido
--Si se desactiva el botón de iniciar/apagar
--Si estamos en la fase 7 entonces…
--Huir de lo que se acerque demasiado
en un marco tan flexible
nunca antes había sucedido con un palillo

siempre esa hacha adorable

--Terminar si
--Terminar si
--Terminar si es suficiente
--La animación se reiniciará en el mismo punto



●●●



método de transición
mascar la soga
que una y otra vez roza la superficie, en silencio
enquista
se pierde el centro
contorno/entorno
una fisura profundidad
no se vuelve a componer
lo que supone estar marcado
por lo espontáneo
hasta la próxima…
¿acaso eso existe?


Nichts ist für dich
nichts war für dich
nichts bleibt für dich
für immer

y buscar altitud
por si vuelve la anomalía
—Qué bola
—Jaja, na’ ahí
de tan acondicionado, blando
¿cómo podría ser la pieza que se ajuste?
tendría que dejarme en paz a mí mismo…
pero nada, ni la menor idea

antonio josé ponte (matanzas, 1964) caja negra de la fiesta (fragmento de La fiesta vigilada)


antonio josé ponte (matanzas, 1964)

caja negra de la fiesta
(fragmento de La fiesta vigilada)

"Hoy, sentado a mi mesa en una mañana sin nubes, veo por la ventana el tumulto estático de los paralepípedos rectangulares y me siento curado de la maligna afección que estuvo a punto de ocultarme la verdad de Cuba: la retinosis pigmentaria." Hoy es un día de 1960. Ante quien escribe se abre una vista del barrio habanero de El Vedado. El que escribe es Jean Paul Sartre. Es su segundo viaje a Cuba. El primero, que a veces trae a cuento para algunas comparaciones, fue en el 49. Sartre no ha escuchado nada acerca de la retinosis pigmentaria hasta esa mañana. No ha sentido sus ofuscaciones aunque afirme haberlas padecido. (Padece, eso sí, de estrabismo). Simplemente, encuentra el nombre de la enfermedad en el discurso de un funcionario cubano y decide apropiárselo. Según tal funcionario, todo aquel que pudo sacar una imagen feliz de la Cuba prerrevolucionaria (Graham Greene en sus primeras vacaciones en La Habana, por ejemplo) padece de retinosis pigmentaria o pérdida de la vista lateral. Capaz de ver de frente la realidad cubana, no alcanza a divisarla con el rabillo del ojo. Y ésta se le escapó. Jean Paul Sartre coloca tal noticia oftalmológica al comienzo de Huracán sobre el azúcar. Afina su instrumento, la mirada, antes de prestarse a ejecutar una larga suite de temas cubanos, a la manera de Gottschalk o de Gershwin. El aviso médico le sirve de escarmiento por no haber poseído suficiente visión lateral en su viaje anterior. En 1960, once años después, se propone no perder nada de vista. No hay que echar una ojeada a las fotografías que lo muestran en su segunda estancia en Cuba. Vestido siempre de traje, un cigarrillo en la mano, su estrabismo parece querer abarcar todo el panorama. Igual a esos reptiles a lo que la autonomía de ambos ojos les permite cazar a toda la redonda. Lo mismo que uno de esos reptiles en la caja de cristal de sus espejuelos. Consulta un ejemplar del diario Revolución y, bajo el anuncio de una propuesta cubana de reanudar relaciones con Estados Unidos, aparece en primera plana una gran foto suya. Lee en un asiento de avión un mapa de la isla. Lo retratan en el panteón de José Martí en el cementerio de Santiago de Cuba. Visita un central azucarero y una ciudad rural que se construye. Asiste, junto al jefe de la revolución, a la puesta habanera de su pieza teatral La ramera respetuosa. Es la primera vez que el líder revolucionario asiste a una función de teatro. Al terminar la representación, una actriz pregunta a éste si es cierto que se propone acabar con la prostitución, y el jefe revolucionario contesta que sí. Lo cual parece un disparate a Sartre. El líder de la revolución asegura que convertirá a las antiguas prostitutas en conductoras de taxi. Sartre celebra un encuentro de escritores cubanos donde trata extensamente acerca del realismo socialista soviético y del compromiso político del escritor. Cena en una fonda cuyo cartel promete comida china y criolla durante todo el día y toda la noche. Asiste a una de las grandes concentraciones políticas de la época. (Allí se estrena la consigna "¡Patria o muerte!" y se toma la foto más conocida de Ernesto Guevara. En sus memorias, en una antología de lo vivido entre 1944 y 1962, Simone de Beauvoir menciona esa asamblea junto a una función de ópera en Pekín, toros en Huelva, candomblé en Bahía, la visión del desierto, las noches blancas de Leningrado, una lucha anaranjada sobre el Pireo y las campanas del fin de la guerra). "¡Sartre, es Sartre!", gritan los taxistas de La Habana al verlo. Él cambia el cigarrillo por un habano en su visita a la oficina del comandante Guevara y éste le brinda fuego. Toman un café juntos. Guevara sentado en una butaca de mayor altura que las de sus visitantes. Un despacho semejante a un escenario de televisión. "En aquel despacho no entra la noche", lo describe Sartre. Como si se tratara de la reproducción de esa oficina en un museo de cera. Simone de Beauvior y Jean Paul Sartre sentados, no frente a una persona, sino ante la fidedigna copia de Guevara. ¿Debido a las botas perfectamente lustradas de éste? ¿A la textura plasticoide de su guerrera? En cualquier caso, se nota incoincidencia entre la pareja de franceses y el militar argentinocubano. Si acaso los tres coinciden, lo hacen en un fotomontaje no logrado. Sartre cena en los mismos restaurantes en los que antes se deleitara Graham Greene. Camina por el Paseo del Prado. Lo alojan en una pieza del hotel Nacional donde cabría todo su apartamento parisino. Al describir la pieza enumera sedas, paravanes, flores bordadas y flores en jarrones, dos lechos dobles para él solo. (Simone de Beauvior ocupa habitación aparte, del mismo modo que cada uno de ellos posee en Paris apartamento propio). Sartre se entrega por primera vez al placer del aire acondicionado. Contempla la ciudad desde uno de sus puntos de mira privilegiados. "Me ha bastado correr las cortinas en cuanto llegué: vi largos fantasmas gráciles estirarse hacia el cielo". Y asocia los modernos edificios de El Vedado a la anterior degradación política del país. Los clubes nocturnos resultan más numerosos que en su estancia anterior. "Pululan alrededor del Prado: encima de sus puertas la electricidad vuelve por sus fueros y nombres atractivos y parpadeantes hieren los ojos del transeúnte". Encuentra una multitud apiñada alrededor de las mesas de juego del cabaret Tropicana, pero la ciudad nocturna no es aquella que recorriera Graham Greene. Las máquinas tragamonedas han sido suprimidas. La lotería continúa en funcionamiento después de haber sufrido ajustes. los casinos de los grandes hoteles se encuentran abiertos, pero sus ganancias van ya al depósito estatal. A La Habana nocturna le queda poco tiempo. Sartre ha sido comisionado para escribir varios artículos sobre los sucesos de la Isla. Es el hombre en La Habana de L´Express. Aunque una vez llegado a Cuba lamenta la tirada limitada y de frecuencia semanal de esa publicación parisina y decide pasarse a France Soir, donde podrá explayarse. Escribe Huracán sobre el azúcar para un público de millones, pero ni así alcanzaría a explicarse la estupidez de algunos de sus fragmentos. Como cuando afirma a propósito de las barbas y melenas de los revolucionarios cubanos: "He visto ríos negros cubrir el pecho hasta el diafragma y he visto rostros lampiños, con cuatro pelos desesperadamente cultivados en la unión de la barbilla y el cuello. No había cesado de admirar el abanico de una barba, cuando su propietario, al despojarse de su gorra militar, me revelaba una calvicie precoz. En los jovencísimos héroes de los últimos combates el rostro es liso, lampiño como el de una joven, pero los cabellos caen sobre los hombros": Tratándose de Sartre, esas líneas precisan ser rematadas por conclusión pensamental: "La extremada variedad de las combinaciones testimonia, dentro de la disciplina, un individualismo profundo". El autor confiesa haber visto menos barbas desde su llegada a Cuba que en una tarde en Saint Germaine des Prés. ¿A qué viene entonces tanto pormenos de columnista de moda en la descripción de un corte de cabello inédito? El exotismo, la explicación de extrañas bellezas, parece impulsar ese y otros fragmentos de la Cuba de Sartre. Son también notorias algunas de sus agudezas. "Si los Estados Unidos no existieran", aventura, "quizás la revolución cubana los inventaría: son ellos los que le conservan su frescura y su originalidad". Y se muestra sibilino al cerrar su diálogo público con escritores cubanos: "No olviden que los intelectuales no se encuentran jamás felices en ninguna parte. Cuba es su paraíso y yo les deseo que se quede así, que siga siéndolo". En La Habana de 1960, Sartre comprueba que algunas casas de prostitución han sido cerradas y otras mantienen intacto su comercio. Cumplido un año de revolución en el poder, aún funciona la lotería nacional, siguen abiertos casinos y prostíbulos. Y si una de las características de toda revolución es la austeridad, él pregunta dónde encontrar la austeridad cubana. A partir del triunfo revolucionario, el poder político del país parecía haberse dividido en dos. En el Palacio Presidencial, enclavado en la ciudad vieja, se reunía el consejo de ministros. Presidía ese consejo un hombre de leyes. "La legalidad misma en su universalidad más formal y más tiránica", lo describe Sartre. Y en una suite del recién inaugurado hotel Habana Hilton plantaba campamento la comandancia del ejército revolucionario. Desde allí gobernaba el país quien no ha dejado de hacerlo desde entonces. El presidente del consejo de ministros habís sido nombrado por él. Los ministros tenían su beneplácito. Sin embargo, el consejo persistía en llevar a la antigua usanza los asuntos públicos. Y los jóvenes del Habana Hilton estaban hechos de la modernidad del ambiente en el que residían. Era El Vedado contra La Habana Vieja. Cada grupo alardeaba arquitectónicamente de cuánto le faltaba. Los de Palacio, de suficiente asentamiento. Y en una suite del hotel habanero más moderno, el huésped alardeaba de provisionalidad, de hallarse solamente de paso. Por esa época las turbas se dedicaban a asaltar cabarets y casinos en nombre de la revolución. "¿Donde está la austeridad cubana?", preguntaría Sartre. Las turbas devastaban las salas de juego de los hoteles Deauville y Plaza. Cuando intentaban colarse en el hotel Capri, hallaron en su camino al actor hollywoodense George Raft. Y éste, que velaba por los intereses del capo Meyer Lansky en el casino y en el hotel del Capri, largó a la multitud un discurso salpicado de consignas revolucionarias hasta enfriar sus propósitos de vandalismo. La mejor actuación de toda su carrera, según sostendrían testigos. Jean Paul Sartre habría quedado boquiabierto al comprobar cuán cerca del Palacio Presidencial se hallaba el mayor barrio de prostitución habanera. A sólo pocas calles. Y el presidente del Consejo de Ministros firmaba un decreto que clausuraba ese barrio. Toda casa de prostitución, toda sala de juego. Para que un día después en el Habana Hilton se concentrara la gente, una multitud repletara los ascensores del hotel, tomara las escaleras y penetrara intempestivamente en la suite de la comandancia. Eran los empleados de las casas de juego y los familiares de esos empleados. Allí estaban desde las vendedoras de cigarrillos hasta los croupiers, aquellos a quienes el decreto presidencial dejaba cesantes. Sin atreverse a aparecer en el hotel, las prostitutas presentaban sus quejas por escrito, dirigían cartas al jefe de la comandancia. Cartas dignas, a juicio de Jean Paul Sartre, en las que reclamaban su derecho a ejercer el oficio. Cartas de rameras respetuosas. En la comandancia escucharon las razones de los empleados, dieron lecturas a los mensajes de las prostitutas y convocaron inmediatamente a los ministros. Estos dejaron a solas a su presidente y partieron a rendir cuentas al verdadero gobernante del país. Blanco de cólera, describe Sartre al comandante. Según este, el consejo era culpable de un moralismo imbécil que ponía en peligro a la revolución. ¿Deseaban ellos suprimir el juego? También él lo deseaba, pero a condición de que pudiera encontrársele ocupación a todo el personal que una medida así dejaría en la calle. Y no existía por el momento industria capaz de acoger a tal cifra. Solamente cuando fuera resuelto el problema del desempleo podría liquidarse el juego. Por otra parte, la mayor parte de las prostitutas de la ciudad venía del campo. Ordenar a esas mujeres que no vendieran sus cuerpos era de una ingenuidad tremenda. Y enjuiciarlas sería un crimen. Solamente cuando terminara la miseria campesina podría cancelarse la prostitución. Los ministros cometían el mismo error de tantos gobiernos anteriores que, para no emprenderla con las causas, combatían los efectos de éstas. Y, en lugar de encarar el desempleo y la pobreza, batallaban contra el juego y la prostitución. Todavía no era hora de cierres. Mientras fuese necesario, el poder revolucionario tendría que hacerse cargo de la lotería pública, de las casas de juego y de los casinos. (Las elecciones presidenciales quedaban pospuestas hasta tanto no se eliminaran el desempleo y el analfabetismo). Podrían suprimirse las máquinas tragamonedas, ya que estas no ofrecían puestos de trabajo a nadie, pero habría que velar por que cada hombre y cada mujer conservara su empleo. Y en cuanto a las prostitutas, debía combatirse a quienes las parasitaban, chulos y policías corruptos. Dejar al comercio sexual en los huesos, no barrerlo. Mano dura con el proxenetismo, vista gorda con las putas. De modo que el decreto firmado por el presidente del Consejo de Ministros no podría tener curso. Resultaba demasiado prematuro, falto de otras precauciones. Y los ministros harían bien en convencer al Presidente de su equivocación. El Presidente, sin embargo, no aceptó retractarse. Había puesto su firma en el decreto, había dado su palabra. (Sartre sospecha que se mostraba intransigente con tal de disimular sus vacilaciones a la hora de actuar). Se hizo cada vez más grande la división de poderes en el país. En fórmula sartreana: “La verdadera autoridad no era legal; la autoridad legal no era verdadera”. Era tiempo, pues, de tomar abiertamente las riendas. Tiempo de que el Consejo de Ministros se librase del lastre que constituía aquel presidente. Hora de abandonar el hotel. El huésped del Habana Hilton anunció su decisión de retirarse de la vida pública. Pues no hallaba salida mejor en vista de la obcecación del Presidente. Desplegó un simulacro de retiro con el ojo puesto en que las masas se lo impidieran. Y resultó según sus cálculos. Simone de Beauvior narra que un millón de campesinos se reunió en la capital cubana y “entrechocando sus machetes, con un ruido ensordecedor, exigieron que se quedara a la cabeza del país”. Quien tenía que retirarse era el Presidente, exigió la voluntad popular. Y una campaña de prensa lo acusó de enriquecimiento ilícito. Así el jefe de la comandancia terminó por hacerse del control total. Ya no más nomadismos, no más rodeos. La confirmación de su destino venía del mismo pueblo. “Al fin la Liberación iba a transformarse en Revolución”, Sartre respira a gusto. El Presidente depuesto tuvo que pedir asilo. Pasaría más de dos años encerrado en la Embajada de México hasta que autorizaran su salida del territorio nacional. Después de haber servido de instrumentos para la toma del poder, croupiers y prostitutas fueron obligados a desalojar el escenario. La representación había terminado ya. Sin que alcanzara a divisarse nuevo desarrollo industrial y sin haber dado fin a las miserias del campo, la administración revolucionaria dictó el cierre de las casas de juego y de prostitución. Así cumplía un decreto que antes encontrara inaceptable. La lotería pública cantó su último número premiado y las únicas ruletas sobrevivientes fueron a parar a un almacén de la recién fundada industria cinematográfica. Girarían de nuevo durante la escenificación de alguna época pasada. Las mesas de juego corrieron igual suerte que las ruecas en el reino de la Bella Durmiente. “Se acabó la diversión. Llegó el comandante y mandó a parar”, cantaba un son de la época. Donde estuviera el casino del hotel Capri abrió sus puertas el Salón Rojo, nuevo local para la música. El Habana Hilton fue expropiado y pasó a nombrarse el Habana Libre. En la ciudad vieja, el Palacio Presidencial terminaría como museo dedicado a la épica revolucionaria. (Allí puede admirarse una reproducción a tamaño natural del comandante Guevara). Y un año después de su primera estancia en la Cuba revolucionaria, de regreso de un viaje a Brasil, Simone de Beauvior y Jean Paul Sartre hacen una breve escala habanera. En la ciudad no existen ya lugares de diversión nocturna. No hay juegos de azar ni turistas estadounidenses. El hotel Nacional, semivacío, hospeda a un congreso de milicianos. Milicianos de ambos sexos. Muy jóvenes, a juicio de la escritora francesa, que descubre milicianos en maniobras por toda la ciudad. El país, aseguran a la pareja francesa, aguarda una invasión. De visita en una fábrica estatal, Sartre dialoga con un grupo de obreros. Les hace una pregunta, los obreros empiezan a responder y un dirigente los detiene y responde por ellos. Jean Paul Sartre quería saber cuán ventajoso había sido para ellos el cambio de régimen político. Pero quien contesta es un funcionario, y una sola versión cabe ya para todos. Conversan con el poeta Nicolás Guillén y éste afirma que toda búsqueda formal es contrarrevolucionaria. En privado, algunos escritores confiesan a Sartre y su compañera que les acosa el temor de no ser verdaderos revolucionarios. Ya empiezan a autocensurarse. De Beauvior compara lo que va de una a otra estancia en Cuba, de un año a otro: “Menos alegría, menos libertad, pero en algunos aspectos grandes progresos”. Y remite esos progresos a la producción agropecuaria, campo que irá poco después (si no ya) de un descalabro a otro. Es por esa misma época que Susan Sontag visita La Habana. Asiste a alguna noche de La Lupe en el club La Red porque luego incluirá a la cantante cubana en su catálogo de “lo camp”. Los recuerdos de Cuba se le harán recurrentes ocho años después, de viaje por Vietnam. Su Viaje a Hanoi, escrito en los meses de junio y julio de 1968, constituye la memoria de su primera salida “al exterior de las premisas de la cultura occidental”. El ejemplo de la revolución cubana le vale entonces para algunos acercamientos a la revolución vietnamita. Aunque también consigue apartarla de toda comprensión. “Es probable que no entienda nada aquí hasta que borre a Cuba de mi mente”, confiesa en un paréntesis de su diario. Quien conozca la clase de ilusiones que una visita a Cuba revolucionaria despertara en Sartre puede permitirse desconfiar de lo que Susan Sontag percibe de la realidad vietnamita. Sin embargo, Viaje a Hanoi demuestra una visión más escarmentada que la Huracán sobre el azúcar. Sontag es más escéptica, anda a paso menos firme. La extrañeza que enfrenta resulta mucho mayor y, por fortuna, se comporta dubitativamente. Quizás le importe menos ofrecer lecciones y suele ser más intima. (Esa bonachonería con que Sartre acoge a los lectores en su pieza de hotel resulta sumamente inverosímil). Sontag que en 1954, al echar a los franceses de Hanoi, entre restaurantes, fondas, fumaderos y salones de baile, el número de esas mujeres era de millares e iban a quedarse en la calle una vez que se cerraran los prostíbulos. Perderían el sustento en cuanto su oficio fuera legalmente condenado. Se procedió, pues, a la reeducación de tales ciudadanas. La nueva vida de la capital permitía toda clase de optimismos, cualquier arranque desde el comienzo. De ser ciertas las noticias que da Sontag, ninguna otra revolución ha llevado tan lejos un programa de reeducación. Las prostitutas de Hanoi fueron colocadas bajo la tutela de la Unión de Mujeres. La asociación femenina creó centros de rehabilitación en el campo y envió allá a sus pupilas. Lejos de la ciudad que, para el pensamiento revolucionario (lo mismo que para muchas otra lógicas), resulta corruptora, de malas influencias. Las apartaba así de las viejas redes de proxenetismo y clientela. En esos centros las mujeres fueron mimadas durante los primeros meses. Tratadas como niñas. Destinadas al campo para curar lo que la gran ciudad había herido en ellas, iban a ser trasladadas aún más lejos: a la infancia. Durante los primeros meses, el régimen de enseñanza contemplaba lecturas en voz alta de cuentos de hadas y práctica continua de juegos infantiles. La terapia se encaminaba a la sustitución de los recuerdos de niñez, remontaba la biografía mucho más allá de la primera violación, del primer cliente, de la noche primera en la casa de putas. Para empezar nueva vida era preciso contar con nueva infancia. Sólo después de ese período de tratamiento como niñas, las educandas recibían clases de lectura y escritura, aprendían un oficio con el cual sustentarse en el futuro y regresaban a etapa adulta. O se encontraban por primera vez en ella. Por último, se les entregaba una dote que les permitiría hallar esposo dentro de la jerarquizada sociedad vietnamita. Esa dote, junto a los cuentos de hadas y a la escritura recién aprendida, arropaba a las antiguas prostitutas en la tradición. Profundo pasado y posibilidades futuras, parecía ser el lema del programa vietnamita. El de la revolución cubana, menos minucioso, iba a centrarse en los secretos de la costura. Haría costureras a gran parte de las antiguas prostitutas. Costureras y taxistas. Taxis de color amarillo y negro pertenecían a la Asociación Nacional de Chóferes de Alquiler Revolucionario (ANCHAR, ya que en la nueva sociedad todo adoptaba siglas), y en taxis de color violeta trabajaban las prostitutas reeducadas. Hacían, de otro modo, la calle. TP eran las siglas de estos últimos vehículos: Transporte Popular. “Todas Putas”, las llamaba la gente. Y aquellas conductoras recibieron enseguida, por el color de los autos, el mote popular de “violeteras”. Parecía una gran burla organizada por las autoridades. Luego del cierre de casinos y prostíbulos, juego y prostitución siguieron en Cuba vida tímida, enclenque, clandestina. Todo el que administraba apuestas de juego adquirió destreza en el acto de digerir el listado antes de que cayera en manos de la policía. Apostando en La Habana había que atenerse a lo que proclamara la suerte en Venezuela o en el sur de la Florida: juego de suerte ajena. Y fue por los 90, tres décadas después de su expropiación, que el hotel Habana Libre se hizo en parte propiedad extranjera. Ya que luego de haberla combatido hasta el destierro, el Gobierno revolucionario propiciaba la llegada de inversión foránea. El socialismo, según una definición que fuera popular en el Este europeo, constituía el camino más largo entre el capitalismo y el capitalismo. Quien fuera huésped principal del antiguo Habana Hilton, aún cabeza de gobierno, no tuvo más remedio que aceptar el regreso de algunas compañías extranjeras. Habían echado abajo el Muro de Berlin, el imperio soviético se había desintegrado. De la Guerra Fría quedaban en pie muy pocas cosas. Iba a ser, por supuesto, un regreso coartado. Los capitalistas extranjeros no podrían hacerse propietarios del todo. Se trataba de inversiones mixtas, parte estatal y parte extranjera, con preponderancia de la primera de estas dos. Sólo hasta que la economía cubana se hiciera fuerte, volviera a hacerse fuerte. Si es que el capitalismo mundial no se hundía antes, tal como aseguraba en sus discursos el líder de la revolución cubana. Por lo que, en medio de los apagones, se encendieron los hoteles. Y resultó ser el aviso para que nubes de insectos rodearan esos focos. En busca de luz, por mucho que se dieran de cabeza contra las paredes de cristal. Aun a riesgo de incendiarse. Volvía la prostitución y quien consiguiera desterrarla al comienzo de su dilatado Gobierno se resistía a aceptar ese regreso. Al oeste de la ciudad funcionaban avanzados laboratorios de investigaciones genéticas. Ernesto Guevara había pronosticado el surgimiento, dentro de la revolución, del hombre nuevo. ¿Qué fallo se había deslizado en el barrio de los alquimistas para que cuarenta años después el homúnculo anunciado por Guevara no acabara de alzarse de la mesa de vivisecciones? La experimentación con humanos arrojaba resultados demasiado impredecibles. Una puta recibía educación y podía reformarse, convertirse en costurera o taxista. Y, en casuística inversa, jóvenes formados como médicos o ingenieros terminaban acogiéndose al ejercicio de la prostitución. Aquel que se valiera de unas cartas de putas para hacerse del poder podía ahora conjurar el mito guevarista de la nueva criatura con el reconocimiento de la vuelta a Cuba de la prostitución. Terminaría así por enorgullecerse en público de que el país que gobernaba contara con la más culta prostitución del mundo. Pasaba del hombre nuevo a la nueva prostitución, ya que las mitologías debían ser revisadas. Hombre nuevo, nueva prostitución, capitalismo recién convocado... Como siempre que se enfrentaba a un caso conflictivo, el pensamiento revolucionario echaba mano de lo pedagógico. Obligado a desmantelar gran parte de la industria azucarera, se enfrentaba a un populoso número de desempleados y la única solución avizorada consistía en enviar a los antiguos trabajadores del azúcar, sin que importara su edad, a hacer nuevos estudios. Se tapaba el desempleo con la apertura de nuevas aulas. Como gran triunfo filantrópico se proclamaba un nuevo sistema educacional de desempleados. Hombres hechos y derechos se veían obligados a calzar los chanclos de estudiante de uno de esos personajes de Chéjov, temerosos de la adultez, que demoran cuanto pueden sus años de aprendizaje. Trófimov, que aparece en El jardín de los cerezos con gafas y un raído uniforme de estudiante. Liubov Andreievna lo recuerda: “Entonces usted era todavía un muchacho, un estudiantillo simpático, y ahora ya está casi calvo y lleva lentes. ¿Es posible que aún siga siendo usted estudiante?” “Se ve que mi destino es ser un eterno estudiante”, reconoce él. Ser estudiante, vivir en lo pendiente, postergar. Y Trofimov declama extensos parlamentos acerca del futuro de la humanidad y de Rusia, aunque personalmente él no pueda hacer nada. Cuarentitantos años de revolución han conseguido en Cuba notables resultados educacionales, una cantera de profesionales y técnicos brillantes. No han logrado, sin embargo, ofrecer destino suficiente a todo ese personal más allá de las aulas. ¿Qué hacer entonces con quienes después de haber pasado por las aulas se empeñan en prostituirse? ¿Qué medidas tomar con la más culta prostitución del mundo? ¿Doctorarla? Prostitución y proxenetismo no constituyen figuras delictivas según el Código Penal vigente en Cuba. Aunque ambas actividades pueden llegar a ser penalizadas bajo la consideración de peligrosidad. Peligrosidad, según el artículo 72 de la Ley 62 del Código Penal aprobado en 1988: “especial proclividad en que se halla una persona para cometer delitos, demostrada por la condición que observa en contradicción manifiesta con las normas de la moral socialista”. O sea, pura potencialidad que prescinde de pruebas. El primer Consejo revolucionario de Ministros había compartido con gobiernos anteriores el error de combatir efectos en lugar de causas. Varias décadas después, de modo no muy distinto, la administración revolucionaria se inclinaba por la represión, no daba con mejores maneras que las policiales. (Intentar una comprensión del asunto llevaría a los terrenos de la economía, de la devastación planificada). “Nueva Delicia” llamaba, tal vez sin ironía, al centro penitenciario que recibía a la nueva prostitución sentenciada por peligrosidad. Y Sartre que preguntaba por la austeridad de la revolución cubana... Diez años después de la última visita que hicieran a La Habana, Simone de Beauvior y Jean Paul Sartre firmaron, junto a otros muchos intelectuales entre los cuales se encontraba Susan Sontag, una carta abierta publicada en Le Monde que denunciaba los maltratos sufridos en Cuba por un grupo de intelectuales. Uno de los paralepípedos rectangulares que el escritor francés divisara desde la habitación de su hotel albergaría, con el paso del tiempo, un centro sanitario dedicado a combatir en pacientes extranjeros los caprichos de una particular enfermedad oftalmológica: la retinosis pigmentaria. Luego de sufrir de estrabismo, Sartre moriría ciego.

lunes, mayo 04, 2009

No.12 Don't Freak Out!!

freAKs
(galeRía de)

orlando luis pardo lazo ceci n´est pas un pays

anisley negrín
3/cuentos

katherine mansfield
4/poemas

rodrigo fresán
, la geometría de la ficción
rodrigo fresán
de mantra

eva navarro martínez
una realidad a la carta

javier calvo molina
/ invasores de Marte: las mutaciones del horror y la ciencia-ficción

carter scholz
los nueve billones de nombres de Dios

norman lock
los días del cometa

gelsys garcía lorenzo
6/textos

samuel beckett
compañía

daniel díaz mantilla
la jaula y otros poemas

jorge ferrer
la resistencia a la vulgaridad

lia villares
pronóstico horario o Nosotras las durmientes

rogelio saunders la escritura en falta

daniil kharms
5/cuentos

héctor abad faciolince
¿por qué se mata un escritor?

david foster wallace
la muerte no es el finequipo de redacción (33 y 1/tercio
diseño de portada y contraportada (kmilo valdés fortes
fotografías interiores (elena v. molina / joel peter witkins / raúl flores iriarte



“HENRI. Cuidado, cuidado he dicho… Si me cansas demasiado me despertaré… y desaparecerán todos… (A Marguerite.) Tú también desaparecerás… (Silencio. La escena se inmoviliza.) / Y tal vez / no sea tan sólo un sueño; / tal vez, realmente, / haya enloquecido / y tal vez ni siquiera esté aquí en pie, entre ustedes, sino que tal vez estoy en un hospital cualquiera y allí, enfebrecido, tengo pesadillas y me parece estar entre ustedes. ¿Quién sabe lo que haya podido ocurrirme? / Quizás mi cerebro ha sido trastornado por una bala / o por una explosión / o tal vez haya sido capturado y torturado, y tal vez / me he lanzado sobre algo, o algo se ha lanzado sobre mí / y quizás todo provenga del aburrimiento… y yo no podía más / Y quizás me han dado una orden, me han mandado, me han obligado a hacer algo que no he podido soportar. No, no se trata de algo que no pueda ocurrirme: todo es posible, e incluso más que todo. Pero supongamos que no me encuentro en el hospital y que nada anormal me ha ocurrido… ¿Qué locuras he podido dejar de hacer a estas alturas? / Ah… / Incluso si hubiese sido el más saludable… el más / sabio…, el más equilibrado. / Los otros me hubiesen obligado, sin embargo, / a acometer actos terribles…, asesinos y también / dementes, estúpidos, desenfrenados… / Pero se plantea otra cuestión: si alguien actúa durante años como un loco, ¿no es un loco de verdad? ¿De qué me sirve la salud si mis actos están enfermos?... / Pero quienes me han obligado a cometer esas locuras, / Jeannot, estaban igualmente sanos. / Y eran sabios / y equilibrados… Amigos, camaradas, hermanos tanta /salud /¿para tan enfermo comportamiento? Tanta sabiduría ¿para tanta deshumanización? / Y de que sirve que cada uno, en privado, sea completamente lúcido, sabio y equilibrado, si todos juntos no somos más que un loco gigantesco que con / furia / rueda, aúlla, ataca, se retuerce, se precipita / con los ojos vendados. / Nuestra locura está fuera de nosotros, en el exterior. / Donde acaba mi yo empieza / mi desvergüenza. Y a pesar de estar tranquilamente / en mi interior. / Sin embargo voy errante por el exterior / y en los espacios oscuros y salvajes, / me entrego al infinito…
CANCILLER. ¡Es una marcha fúnebre!
HENRI. ¡Sí, es una fúnebre marcha! /Han recobrado la palabra. He recobrado la palabra, / y ese dedo apunta hacia aquí, en el mismo centro, / como / un dedo de loco. / Me hablo a mí mismo y en la soledad me agito / como un loco…
BORRACHO. ¡Loco!
DIGNATARIOS TRAIDORES. ¡Loco! (Se lanzan sobre Henri.)
HENRI. ¡Deténganse! ¡Estoy aquí por orden del Rey!
BORRACHO. El Rey está loco.”


el matrimonio
witold gombrowicz




ceci n´est pas un pays (59 post-puestas para el próximo milenio)

1. En ocasiones, sueño que vivo rodeado de una jauría enjaulada. Se trata de una pesadilla etimológicamente imposible, porque jauría implica el concepto de libertad.
2. En ocasiones, sueño con una de esas lunas límites de Magritte: es una sonrisa o una hoz descolgada sobre el mapita de Cuba. No reconozco el cuadro, pero me despierto con la ilusión de definir qué es lo apócrifo en plástica o en literatura.
3. En ocasiones no sueño ni pinga. O tal vez sueño con la palabra pinga pendiendo como una espadamocles sobre mi cabeza cubana. Entonces despierto paladeando una cita no apócrifa de Bolaño: Soñé que estaba soñando, habíamos perdido la revolución antes de hacerla y decidía volver a casa.
4. Son sueños políticos, por supuesto: retazos de pesadillas al peor estilo de Boarding Home (el libro lúgubre de Guillermo Rosales), ese pudridero de una Historia Pusnacional donde se aburren los parias pataleando hasta el paroxismo sus paranoias con nuestro Premier.
5. ¿Qué es escribir hoy en Cuba?, digo mientras clavo en mi pupila mi pupila azul (el negro come melocotón, autista más que artista).
6. ¿Qué es escribir hoy en Cuba? Si tú me lo preguntas, espejismo mágico: ¿en dónde encontrar sentido? (el negro toca violín en la medianoche insular, invisible e indivisible: totalitárida).
7. Un amigo escritor soñó con un oráculo negro, a quien le preguntaba sobre la enfermedad del Premier: ¿Le duele mucho? Respuesta: No, Él no siente dolor. Entre el morbo y la curiosidad: ¿Pero va a morir? Respuesta: No, Él no se va a morir. Y, por último: ¿Cuándo entonces? Respuesta: En cualquier otro cumpleaños.
8. Cuando mi amigo nos contó este sueño que él nunca va a escribir, se me aguaron los ojos. Caí en la cuenta de que hacía rato deshabitábamos el futuro.
9. Narrar la nada. Con la magnificencia lunática de una hoz o una sonrisita de Magritte. Narrar pustulosa, ampulosa y póstumamente, desde la carcajaada de lo lúcido cuando es agónico.
10. Narrar autótrofamente al margen, desde el centro y en contra de la jauría enjaulada.
11. En un camping literario donde el placer ha sido abolido en función del deber, toda línea de fuga es una chispa suicida con vocación de vacío (voz/acción de vacío).
12. Clickeo tres veces el mouse y le pregunto por e-mail al i-ching: ¿No será el fin?
13. Allí donde la tradición funge como una máquina que finge ser dios, el fascismo aflora entre flatulento y feliz: ya no en La Casa del Ser, sino en El Callejón de las Ratas.
14. ¿Es La Casa del Ser mejor o peor título que El Callejón de las Ratas para la gran novela cubana?
15. ¿Qué es un título? ¿Qué es una gran novela? ¿Qué cubana de qué? ¿Cómo titulan mis amigos los escritores cubanos de Cuba? En bioquímica, titular era evaluar la fuerza de una solución: titular la acidez de un ácido, por ejemplo, valga la reiteración de pH mínimo.
16. ¿Cómo independizar un texto narrativo en medio de la cochambre fofa institucional? ¿Cómo radicalizar la escritura hasta hacerla antológica y, con suerte, ontológicamente intolerable: inútil e ininstrumentalizable para ninguna herramienta oficial (intoolerable)?
17. ¿Cómo hubiera sido la newrrativa cubana de los años cero en Cuba: ceros extravagantes boqueando por aire freesco en la atmósfera asfixiante de una Casa o Callejón que nunca existió?
18. Nunca existió. Sin excepciones.
19. Lo excepcional sería acaso la autoridad autorial de este cincuentinuevemorándum compartido entre tú y yo.
20. A un poeta psiquiatra le preocupaba, además de las cuestiones propias de las cabezas, cómo subtitular. Ahí radicaba, según sus prédicas estéticas en Rev-Menor, la etiología tiránica de nuestra analfabetosis a la hora de masticar la gramática de los símbolos.
21. Una vez él me propuso darme una suerte de cursillo antidélfico, pero se exilió dejando pendiente esa asignatura que bien hubiera podido (sub)titularse: No sé leer.
22. ¿Qué será leer? ¿Cuál testigo es el que sabe leer? ¿El poeta, el preso o el policía? (La respuesta en Cuba puede ser muy porosa.) ¿El que sobrevive primolevíticamente es el testigo? ¿O hay que consumirse hatuéyicamente en el peorformance del holocausto?
23. Cuando el negro come melocotón, el cubano común confunde cómplicemente escritura y acción. Se penaliza gastronómica y judicialmente al texto porque estamos hechizados (esclavizados) décimotontamente por el palenque retrógrado de la imago.
24. Así que al negro siempre lo mandan de cabeza o de culo al cepo, sólo por paladear el deleite predelictivo de la palabra melocotón.
25. Yo (es un ejemplo) he sido acusado impersonalmente de penetrar en público el sema sagrado de la palabra melocotón, de perpetrar lo que tú (es otro ejemplo) no tienes cómo cojones vocabulizar o acaso vocubalizar.
26. Y cuando al delirio del negro le da por tocar violín en la medianoche, lo más práctico es silenciarlo con un cubazo de heces fecales. A esta práctica disciplinaria se le denomina folklore.
27. Nadie debería confiarse al respecto. Todo cubano de Cuba debe saber escribir y escribir mal, pues igual tarde o temprano le tocará gramasticar su propio melocotón o tocar un violento violín.
28. Lo repito por si no ha quedado claro: Nadie debería confiarse al respecto. Todo cubano de Cuba debe saber escribir y escribir mal, pues igual tarde o temprano le tocará gramasticar su propio melocotón o tocar un violento violín.
29. De lo que se trata, por sobre todas las causas, es de la obligación. ¿Qué nos obliga a escribir o dejar de escribir, en ciertas circunstancias inciertas, tal o más cual cosa de corte cubanesco?
30. Diáspora(s) dixit: Debe sentirse alguna presión sobre la nuca.
31. Al parecer ello(s) lo aprendieron de Pasolini: en poesía esta libertad tiene las mismas características que la lucha política (se impone inspirando terror, redescubriendo el Deber).
32. O tal vez ello(s) se inspiraron en la punzante politicidad de Calvino, ese pionerito transcubano que anunció un siglo XXI que aún ningún colega en Cuba hoy se anima a narrar.
33. Otra vez sin excepciones. Lo siento.
34. Cito y autofagocito de memoria: acaso el terror literario –sobre todo en los medios de representación– sí le hace daño a la nación, a la nación entendida como el lugar de las letras (ese Canon Nacional de las Letras, siempre inflacionario –hasta el ridículo– en cualesquiera de sus aspectos).
35. Supongo que por esto, ante cada escrituradical Made In Cuba, se reacciona instintiva e institucionalmente con el terror culturaliciaco: el género noir parece ser siempre una moda entre los misterios de nuestros ministerios.
36. (Sub)titulares de la prensa plana cubana: Combustible para avanzar hacia el futuro. El récord de lo absurdo está vencido. Cuba, firme y de completo uniforme. Isla perfecta para el arte. Un país enteramente pedagógico. Una ciudad para ciegos. En Cuba la mayor manada de leones en cautiverio del mundo. ¿Y los cubanos dónde están? Teatro para todos los tiempos.
37. Pregón: ¡Vaya, vaya, cómo denigraron al negro que no encontraba sentido! (Cuando la banderola se alza / en sentido contrario a las agujas / de un reloj, torcemos el rostro.)
38. Soñé que yo era Bolaño ya muy enfermo de acidez hepática y que para colmo de males todavía soñaba. En efecto, habíamos perdido la revolución antes de hacerla y yo decidía volver a casa.
39. You cannot return to your home. Si lo lees a priori como poesía, pasa. Si no te avisa un editor desde la carátula, entonces suena a seguidilla sosa de repentista pop (el octosílabo es la causa etiológica de nuestra patética tradición parapoética).
40. Algunas gargantas oficiales se atragantan con un argot de combate. Al contar ellos con toda la razón, nos dejan de pronto racionalmente insanos. La utopía tupida engendra sus monstruos goyescos y a esta gaya scientia se le llama identidad (indexidad: facultad de caer nosotros en su Index de inquina inquisitorial).
41. A otras gargantas se les practica, de manera obligatoriamente gratuita, una traqueotomía profiláctica antes de que puedan atragantarse con nada.
42. Escuchen, ah comepingas compatriotas, el eco hueco de mi tráquea trucidada por el poder. Midan, eh enviados y envidiosos, el diámetro del perro poro por donde regurgito por ti y por nadie los fonemas mefistofélicos que me acunan de culo contra la policía política. Miren, oh perversos peritos y tétricos teóricos de la estética, cómo me trago toda vuestra impotencia sólo para dinamizarla y dinamitarla por nadie y por ti.
43. Ser un negrón lezamiano puede tener sus ventajas somáticas.
44. El sema cubano de Cuba se escurre y no deja más que una ínfima psicatriz. Y el semen cubano, ¿alguien ha oído hablar del semen cubano en los tiempos del coolera?
45. ¿Es posible punzar la glotis grotesca de una excritura Made In McCuba? ¿Es pasable pensar el cómico caso de una hezcritura caricatubanesca? ¿Cómo disectar momias solemnes y cuándo disertar sobre nuestra cumausoleobanía?
46. Sospecho que en verdad debía sentirse alguna presión sobre la nuca.
47. El c(ub)anibalismo como recurso infantil para entretenernos en la aburrida panza del pabellón posproletario: Boring Home no tan doméstico como domesticado.
48. La coprofagia como resistencia, divertimento o subversión súbita: decúbitos en el corralito cubensis, todavía nos queda el acto indexcente de deyectar.
49. Se trata, también, de advertir una adyacencia liberadora contra todos los agenciamientos anquilosados no tanto del poder (ese puñetazo pedestre) como del saber (esa sentencia sutil).
50. Fingir más que fungir una liberatura como colchón de espinas donde el pene de Pasolini le pueda partir el culo a Calvino sin escandalizar: colofun antifundamentalista en medio de tantos hitos hilarantes y genealogías giles y maromas teloméricas demasiado teleológicas para soportar la verdad de un solo sopapo.
51. Quod scripsi is crisis, se lava crípticamente las manos el Procurador.
52. Bolaño insiste insípidamente en que la nueva literatura latinoamericana viene del miedo, de un horrible-y-en-cierta-forma-bastante-comprensible-miedo camuflado bajo el deseo de respetabilidad. Así, los nuevos literatos latinoamericanos posan de pendejos para obtener el reconocimiento de lo-que-se-suele-llamar-instancias-políticas, camufladas bajo uno u otro signo ideológico, que en la Era del Mercado es ya el único atajo remanente para acceder al gran público de manera legal.
53. Toda vez muerto Bolaño, ¿no hay nuevas maneras literamericanas para acceder desde Cuba al menos a un pequeño público de manera ilegal?
54. Ceci n´est pas un pays, el cuadro apócrifo pero franco del cadáver exquisito de Magritte.
55. Ceci n´est pas paredón ni mucho menos una petición de perdón.
56. Ceci n´est pas la palabra pinga como prueba penal o mapita de un país peneal, paladeada por un negro pájaro en un poema de porte pre-republicano plagiado en plena post-revolución.
57. Ceci n´est pas el placer precoz de un pinocho payaso, sino la mueca muerta de nosotros-los-protagonistas, prosistas procaces que tarde o temprano doblarán sus cabezas / moribundos de tedio y horror.
58. Ceci n´est pas Pardo, por supuesto.
59. Eppur si muove! (captions: ¡Pero se viene!)



aniSley neGrín (santa clara, 1981)

presente perfecto
He leído sentada en un asiento de hospital un poema de Bukowski, en su idioma original, y no he entendido más de tres palabras. Trataba de un tipo al que le desprenden un diente de un piñazo. Creo.
He entendido sólo tipo, diente, piñazo.
He ido al lavabo tras el punto final, a escupir la sangre de un diente que se me desprendió de la encía sin haber masticado nada, mordido nada, recibido un piñazo. Simplemente colapsó.
He vagado erráticamente por los pasillos del hospital con el teléfono apagado, el cerebro apagado, el cuerpo apagado, salvo el sexo; el sexo ha estado más encendido que nunca.
He admirado a ese viejo hediondo a tabaco y alcohol que se sentó a mi lado sólo por ver el escote abrírseme al ritmo de mi respiración. Me gustaría ser como él. Me gustaría tener el valor de sentarme al lado de una muchacha tierna y dulce como yo, solo por ver su escote, sin temor de ganarme una bofetada o un escándalo.
He reído para mí.
He recordado por qué lloré la otra noche: por una película. Y me he preguntado varias veces por qué lloré la otra noche. Trataba de un tipo al que le desprenden un diente de un piñazo.
He lamentado mi diente.
He prometido a nadie que nunca prometería nada para evitar que se me siguieran cayendo. Aún soy joven. No prometeré ninguna porquería.
He sentido hambre, y más que hambre, unas ganas incontenibles de comerme un bizcocho.
Hay muchachas que huelen a bizcocho. He sentido su olor sentada tras ellas en las guaguas, parada tras ellas en las colas, silbando, aspirando, derritiéndome por ellas en las noches.
He leído que el bizcocho es malo para los dientes: los pica, los destroza, se los come.
He dejado de leer tales porquerías de libros. Ahora leo ficción. Libros que hablan de vampíricas amantes cada vez más alejadas del mundo real, cada vez más reales ellas mientras más irreal el mundo. Este, el tuyo, el que vendrá. Todos los mundos son iguales: mudos.
He hojeado un libro de un escritor famoso, con cuatro premios de la crítica, donde una muchacha con olor a bizcocho miraba directo a la cámara.
¿He dicho, acaso, que tras la cámara estoy yo?
He enfocado y desenfocado su rostro, la he atrapado con mi cámara, pero no he podido atrapar su olor.
He inferido que eso haya sido bueno para mi salud dental. He masticado despacio un bizcocho imaginario. No he perdido más dientes. Luego…
He soñado con la muchacha de ese libro, la he comparado con las que he perseguido toda la vida, con las que han perdido ya su olor porque se los he robado (soy una pequeña depredadora). No se parecen en nada, salvo en el olor.
He deducido que lo que me gusta es el olor de las muchachas y no las muchachas en sí.
Me he reído.
Me he sentido patética.
He llorado.
He compadecido a lo que queda de mí después de una profunda aspiración.
He revivido a mi madre poniendo los bizcochos en el horno para nuestro desayuno.
He recordado que ya no tengo horno, ni madre, ni bizcochos.
He comprobado que todo lo que tengo es ese olor, un libro, una muchacha tierna y dulce y humeante sentada en una esquina de la mugrienta sala de espera de este hospital. Una muchacha de ficción que mira directo a la cámara, que me mira. Hasta mí llega su aroma.
He recordado mi diente, mi hambre, el hombre hediondo a tabaco y alcohol, su valentía.
He ido hacia ella.



gelsys GarcíA lorenzo
(camagüey, 1988)

instantáneas

II
Anoche soñé que me ahogaba dentro de un nailon blanco.
Y nadie quería retratarme así.
Pero después, no era un nailon, era una sábana blanca.
Y eso, sí es permisible.

V
Dejo caer una de mis manos en la calle. Nadie se percata, pero yo no sufro por la pérdida. La mano siempre me dolió. Cuando nací supe que me sobraba, que solo bastaba una. Que una mano puede hacer lo mismo que dos. Una mano basta para morirse y hacerse la señal de la cruz en la frente y para firmar el papel que certifica que estoy muerta. Una mano basta para tocarme cuando estoy sola y la piel se arruga bajo el agua.

violáceo
En medio de la plaza colocaron un maniquí, una bailarina de plástico. Como no podía permanecer de pie, le sujetaron una soga al cuello y la colgaron de un farol.
La bailarina es pequeña, apenas aparenta tener cinco años. Es blanca, muy blanca. Verla produce una sensación de invierno interminable. Tiene ojos grandes, y parece mirar como si pudiera ver con ellos. Luce hermosa con su traje de niña recién llegada a la lección de ballet.
Toda la gente, al pasar, se detiene y admira sus manos o el pelo largo que le roza el talle. Solo en ocasiones, cuando la brisa la mueve, se puede ver la ligera sombra violácea que ha dejado la soga en su cuello. Una delgada línea violácea.



uñas
La enfermera observaba atenta cada una de las camas y se detuvo en aquellas dos del medio de la sala. Esa noche sintió un olor, una caída leve… “Va a morir alguien”, pensó, mientras observaba sus manos y volvía a sentir ese deseo persistente de comerse las uñas, pero no lo hizo. Volvió a repasar la sala de lado a lado, se sintió estúpida velando por toda esa gente y de nuevo miró sus uñas, las volvió a mirar, saboreó las yemas de sus dedos y se durmió.
Al despertar, se acercó a las dos camas del medio del pasillo; no pudo levantar las sábanas: un olor putrefacto se desprendía de los cuerpos, de todos los cuerpos, de su cuerpo. Miró sus uñas, las volvió a mirar, saboreó las yemas de sus dedos y se durmió.



lia viLLares
(habana, 1983)



pronóstico horario o Nosotras las durmientes (fragmento)

How does it feel to be without a home like a complete unknown
Bob D



hora moi
Frente a mí los ojos-bolas-gotas del perro de una amiga. Negros espejos insondables.
Muy parecidos a los tuyos, ojos-alej. Marco tu número en el teléfono, inalámbrico, de mi amiga. Espero. Me sale una voz esperada. Cuelgo. En mi pancita la jarra de avena con vainilla suelta un humo oloroso. Mi pelo suelto se desparrama por la almohada, vertical.
Suelta un olor a frutas, ajeno. Salgo.
Voy en un carro por Belascoaín. Miro sin ganas los derrumbes, el churre de los balcones sin sábanas, ni banderas. El parque de los locos. Monte. El Conservatorio donde pasé tres años, ni buenos ni malos, cuatro más bien, el lugar donde conocí la tristísima alegría de tenerte y no. Miro vaciada, viciada, el espejito roto que sostiene la mano grande de un mulato, que se afeita en un portal. Llego al mar. Es el límite. Siempre estamos bordeándolo o esquivándolo, siempre terminamos cerca. El tipo que maneja me obliga a oír un disco de Jennifer López. Es el precio. Todo el mundo se somete al otro. Todo el mundo maltrata y desatiende. Todo el mundo desespera, Peluso.
De esperar.
Imagino a Jennifer saliendo de un salto de agua, de perfil, escurriéndose el pelo con las dos manos. Estamos acostumbrándonos al horror diario. Por todas partes. Un chofer hijo de puta, una camarera despiadada, una muy mala película en un muy mal cine. Es el precio. Nos detenemos en 1458 de la calle Infanta. A dos cuadras ahora de la famosa Esquina de Tejas. Desde aquí se pueden ver las luces del estadio. Juega el equipo predilecto de los habitantes de esta ciudad. El camión de la basura se detiene ante la cafetería, cuchitril de tres pesos. Venden capitolios, unos panqués con un merengue en forma de cúpula encima, y habaneros, café con una bola de helado dentro. Todo un culto a este basurero. No nos queda sino desajustarnos, desubicarnos. Todavía más.

hora jaad
Algo. Expropiándome el mundo y haciéndote un guiño desde el otro lado del océano inevitable: otro cuartucho en Malecón: un pedazo de ventana y un –único- mar, o viceversa. Nada. Las más de las veces las olas no admitían que durmiera. Y cuando lo hacían era para soñarlas tragándose toda la vaga ciudad hasta su hálito cansado. Del otro lado de la Calle el pregoneo de pan, aguacate o girasoles me sacudía y levantaba de un tirón. Tenía que desempolvarme el alma y tirarla con el sueño por la ventana a la calle levantada ya desde hacía horas impensables, idas-sin-vueltas: el tiempo dilapidado y el ruido de los motores hasta el esófago. Todo demasiado inapropiado. Todo demasiado, ¿todo?

hora rizoma
Ser es ser percibido.
Como en La película de Beckett trato tonta de extinguir, suprimir la doble percepción.
(Expulsar a los animales, tapar el espejo, cubrir los muebles, arrancar la estampa, rasgar las fotos.) Lo espantoso es que la percepción sea de uno a través de uno, insuprimible en ese sentido.
El balance, sillón luyanero, que me coloca en suspenso en medio de la nada, como en La película de Beckett. Dijo alguien, seguramente Nietzsche, que preferimos todavía tener la voluntad de la nada antes que no desear nada en absoluto.
(Expulsar a los animales, tapar el espejo, cubrir los muebles, arrancar la estampa, rasgar las fotos.)
Esse est percipi.


hora mezclada
Me dejé acariciar por el resplandor opaco de mi lámpara de noche. Lámpara manufacturada por blanka, pintada en acuarelas oscuras que a mar le parecían mal combinadas, en resultado un color sucio. A mí me encantaba. Sobre todo cuando lograban mezclarse tanto los tonos que no se diferenciaban unos de otros. El olor que dejaba el papel fino cuando se calentaba un poco era delicioso. Quería escribir un poco, así que hice chocolate para nosotras, bien fuerte como lo prefería blanka, que por su parte había escrito una historia de tres amigas que terminan desangrándose con un cuchillo después de fumar en una bañadera y tomar chocolate. Tales las historias suyas tan surrealistas y morbosas, fantásticamente tristes. Después de salpicársela más de rojo con unos cuantos comentarios por boberías del lenguaje y frases hechas o palabras repetidas puse The Cure y me senté a escribir acerca de mi madre, cuando contemplaba como una boba la explosión, roja también, del flamboyán frente al balcón en junio. Pero no me gustó nada como quedaron estructuradas las frases, ni las palabras que había escogido. Recordé a mar escribiendo sus poemas bolañianos y sus cuentos más bolañeros todavía. Le salían como agua. Escuchaba The Cure o al grupo de Michel Gondry, o a Tom Waits. A veces se iba con la laptop al baño y hacía 5 poemas de golpe mofándose un poco del prolífico RF.



daniel díAz manTilla
(habana, 1970)


la jaula
Compré una jaula, una jaula común de alambre y palo, y la colgué en el portal sin nada dentro. Nada: ni alpiste, ni agua, ni ave presa. Sólo la jaula muda, una jaula que lentamente oxidarían el sol, las lluvias, la desidia de ignorar por temporadas su existencia. Compré la jaula y la colgué, y cuando a veces me asomaba a ver entre sus barrotes el vacío, era como si viera el tiempo allí, toda la vida inmóvil, sin color, sin forma.


disciplinas al perro
Disciplinas al perro tres veces por semana: voces de mando dichas en un tono más bien seco, castigos y premios que administras según reglas precisas. Todo el cariño se resume en una comida al día –dog food– y una palmadita en la cabeza, sin excesos. A cambio el perro se echa, se sienta, corre a traer el palo que le lanzas ante la mirada aprobatoria de tus jueces, esos anónimos jueces que te disciplinan tres veces por segundo.


cuestión de formas
Hay maneras muy amables de excluir,
hay justificaciones y argumentos, un millón de argumentos
para cuestionar el exabrupto, la respuesta ríspida del excluido.
Hay modos elegantes de pedir su integración, su sacrificio,
su buen ánimo para aceptar los golpes.
En determinadas circunstancias, cuando conviene,
hay maneras muy tiernas de patear y parecer la víctima.
La culpa y la verdad suelen ser a veces un asunto retórico,
una cuestión de formas.


Palabras como hallazgo arqueológico dentro de una novela de Rodrigo Fresán: “El cut-up como nuevo lenguaje donde todo aparece fragmentado, donde las historias empiezan por donde terminan y no respetan el orden cronológico de los acontecimientos, lo importante es poner todo por escrito, rápido, antes de que desaparezca o se olvide. Someter cada instante al mayor número posible de variaciones, cada una de ellas presentada de un modo que sea interesante y, al mismo tiempo, justificable. Alterar el modo en que se lee, en que se ve una película, en que se piensa. Primero alterar el nervio óptico y, a partir de la pupila, alcanzar el cerebro y reprogramar todo el sistema nervioso. Así, dejar palabras afuera, fechas, sentimientos.”
Palabras proferidas por el espectral fantasma de William Burroughs desde las entrañas de un televisor que transmite día y noche desde un lugar en el cual no existe el día, no existe la noche, Ciudad de los Muertos, también conocida como Ciudad de la Habana, o tal vez me equivoque, ya que Fresán no ha estado en la Habana, según tengo entendido, y Burroughs tampoco.
Palabras entendidas como el reverso de una moneda de tres caras, en el caso de que existieran monedas de tres caras, triángulo de tres vértices, (…) y uno de los vértices sería la literatura nacional, nacionalizada, hallazgo arqueológico en sí mismo; el otro vértice, la literatura como el afuera, ser un marroquí de la propia lengua, …especie de checo que la oreja del Estado no entiende (Deleuze & Guattari), y el otro vértice, la otra cara de la moneda, la escritura (...)
En caso de que una moneda pueda tener tres caras.
En caso de que se pueda hablar de una escritura (...)
Más bien [y eso es lo atrayente de esta pequeña (…) habanera que no reside en la Habana], debería hablarse de una no-escritura, de un dejar-sin-decir, dónde sólo llega a atisbarse el esqueleto de lo que podría ser una historia, que elige no contarse, como si las historias pudieran tener voluntad propia, o generar libre albedrío. (…) renuncia a falsas autorías, el poder de la pluma sobre el papel deja de ser poder (esta cosa de los poderes es bastante problemática) y se convierte en otra cosa que se resiste a tener nombre.
(…)
Textos cortos, situaciones mínimas, minimalistas, cierta pequeña dosis de lirismo. Textos que casi podrían ser cuentos, que casi podrían ser poesía. Tierra de nadie, fronteras nunca bien exploradas que tanto hacen por rupturas en una literatura nacional muchas veces centrada en sí misma. El placer de narrar trastocado en su caso en el horror a narrar, a llenar páginas y páginas de palabras vacuas y sin sentido. Si una fotografía vale más que mil palabras, entonces los textos (…) son fotografías defectuosas, imágenes inconclusas, sepia desvaído a través de un tiempo neblinoso. Menos de mil palabras para definir acciones pequeñas, cultivar el absurdo como una forma de alcanzar la comunión con una realidad que cada vez más se desliza por el sendero de ese mismo absurdo que a veces se trata de evitar.
Escribir como si no se deseara escribir. Narrar como si no se quisiera narrar. Como a quien le ponen una placa de ionómero en la dentadura. Poner placa de ionómero significa que la lengua se halla incómoda en su cavidad natural. Se crean pequeñas heridas en el interior de la boca que dificultan sobremanera el acto de hablar. No se puede ni tan siquiera comer. La lengua, totalmente desterritorializada, no puede acudir al acto primigenio para el cual fue creada. Pasa a ser máquina, un artefacto en sí misma. Artilugio extranjero, extranjerizante, alienígena …mientras lee una novela como si estuviera escrita en una lengua de otro planeta, B se queda dormido (Roberto Bolaño, Vagabundo en Francia y Bélgica).
Escribir para romper los silencios, pero escribir de tal manera que no se rompan esos silencios. Grafiar como un moje zen dibujaría el horizonte de un solo trazo en la penumbra de un templo. Ideogramas múltiples (Alguien escribió una palabra sobre mi cuerpo. (…) Ahora todos me exigen silencio. En las calles han colgado letreros con la palabra NO en grandes caracteres). Tokonoma en medio de la pared, con vistas a otro mundo. Rizoma subterráneo.
Escribir como quien pone una placa de ionómero sobre la escritura.
Despojar a esta literatura de su propio significado.
De su gravedad.
Sus mayúsculas.

viernes, octubre 17, 2008

no.11 tsing-sing




alineación
(celda a celda)

push/ agnieska hernández el llanto ajeno

rolando sánchez mejías addenda. vacas y ratones / olvidar Orígenes


lorenzo garcía vega me he acostumbrado a ser un apátrida / baladas de un bag boy


carlos a. aguilera “el oficio de perder”, un monólogo perverso


microficciones
joel brouwer / ror wolf / sabrina orah mark


albert camus el terrorismo de Estado y el terror racional


ernesto santana estampas


william gibson en vivo / país de fantasmas


george saunders robles de mar

daniel durand de El Estado y él se amaron


dossier PAIDEIA
rafael rojas memorias de paideia

ernesto hernández busto paideia: fotos fijas
radamés molina Naranja Dulce y el resto del mundo


sandra vigil bailarina / señor juez


luis felipe ruano la rueda


3 escritores
el chico malo de Saint-Germain / noboru endo / adriana normand nunca estuvo aquí


livio conesa de cabroná en el pasillo
/pull




equipo de redacción 33 y 1 tercio

fotografía y diseño de portada raúl flores iriarte

cover girls eVMA & dK

fotografía de interior alina sardiñas / demis menéndez / helmut newton / rainer martínez

traducción de william gibson, joel brouwer, sabrina orah mark: raúl flores iriarte / traducción de ror wolf: rogelio saunders y susanne lange

olvidar Orígenes de rolando sánchez mejías tomado de diáspora(s) documento 1

baladas de un bag boy de lorenzo garcía vega tomado de diáspora(s) d. 2

push/





push/



Partir la isla al medio. Inventarse un Antes y, por supuesto, recrear un posible Después. Sólo que, para la idea, ese concepto del Después no queda muy claro. Mejor borrar el Antes, y quedarnos con el Después, a ver que pasa.
Borrar el Antes no significa borrar los antecedentes, sino que significa la eliminación de ese culto al pasado, a cierto pasado construido por decantación y exégesis de hechos que se supone esenciales, un pasado pesado que se pule y enaltece o reprueba y olvida, como en un Ministerio de la Verdad cuyos alambiques destilan esa pócima alucinante, esa acumulación hegeliana que tanto se maneja en esta islita tropical. Una suerte de determinismo histórico transplantado al campo literario, una supuesta tradición de cuatro o cinco siglos. Honrarás a tu padre y a tu madre no quiere decir que los hijos dejen de tener sus propios derechos.
No es el juego en sí, sino quién dicta las reglas.
No es la buena o mala literatura en sí, sino quién decide dónde están los límites entre bueno y malo.
El quorum compuesto por unos pocos, que deciden qué ejemplos seguir y cuáles obviar.
Ignorar a un rara avis como Virgilio Piñera, podría ponerse como ejemplo.
O Reinaldo Arenas.
O Guillermo Cabrera Infante.
Y Carlos Victoria.
Y Lorenzo García Vega.
Y Juan Abreu.
O Rolando Sánchez Mejías.
Etcétera.
Etcétera.
Etcétera.


“…la propia literatura, la que se ha configurado desde los años 60 hasta la fecha, no ha podido escapar del proyecto demencial de Nación, y de una tradición de lo afirmativo donde todo lo que pueda concebirse como crítica o caricatura ¿para no hablar ya de conceptos? es, cuando menos, no tomado en cuenta” .


Ignorar momentáneamente el Antes porque su existencia resulta una ficción recreada por otros intereses, una (re)construcción de un pasado lleno de parches que no fue tan de esa manera: pésima poética del parching.
Destruir para volver a construir sobre un terreno nivelado (tabula rasa).
Intentar relecturas de los antecedentes sin intermisiones políticas, o institucionales.
O al menos sabiendo.
Para ver como podría venir el futuro.
Si viene: castillo (en el aire) de If.
¿Yo te convido a creerme cuando digo futuro?
No sé.


La prisión acaba, la prisión de hierro / pero continúa la prisión del sueño, del sueño .


El hedor de un caballo muerto también es un testimonio de la primavera .

/pull




/pull


Intentar la pirueta, el salto mortal con riesgo de quebrarnos las espaldas o, peor, con el riesgo de que el salto nos quede bien y venga alguien después a reñirnos.
O peor, a quebrarnos a palos las espaldas.

Transgredir y, mediante este acto, inventarse una nueva literatura, una nueva realidad con sus tradiciones e historias, otra patria (yo otra patria espero, la de mi locura). Una que deje de responder a intereses mayores, que tenga otras pretensiones. Una suerte de literatura menor opuesta a este bloque monolítico que a veces logra asfixiarnos y que responde al nombre de LiTERRATUrA NAsIO?AL. Esta última funcionando muchas veces como remedo de lo que debería ser, yéndose a ese mismo pasado que funciona como falsa recreación. (La idea de una seudo-literatura-nacional no andaría muy lejos).
Una literatura en contra, aunque no a la contra, y viceversa.
No choque frontal, sino golpe tangencial.
Línea de fuga.
Variante.

Estepas a la vista.
Tundras llenas del concepto de fruta tropical que promociona (a veces) la literatura cubana. Pero ¿dónde se halla ésta? “Vivimos entre ficciones. Lo cual, en el fondo, deslegitima la ficción. Pero no elimina la escritura. Ella se vuelve, si cabe, aún más profunda. O mejor dicho: deja de tener superficie. Ella es todo lo que no se ve. ¿Existe la literatura cubana?”

“¿Cómo a la Cruz, hemos de volver a Neruda con las rodillas sangrantes, los pulmones agujereados, los ojos llenos de lágrimas? Cuando nuestros nombres ya nada signifiquen, su nombre seguirá brillando, seguirá planeando sobre una literatura imaginaria llamada literatura chilena. Todos los poetas, entonces, vivirán en comunas artísticas llamadas cárceles o manicomios. Nuestra casa imaginaria, nuestra casa común.”

Sing-Sing para ti.
Sing-Sing para mí.
Canta / que alguien sepa que estallas: que alguien sepa que todos estamos estallando siempre.
Nuestra cárcel imaginaria que nos hace cantar felices.
Nuestra cárcel común.
¿Porque tenemos el corazón feliz, feliz, feliz?
Ave, Fénix: los que van a ex-cribir te saludan...
Nuestra literatura plagada de moscas tsé-tsé.
Fiebre del sueño (de una noche de verano) para ti.
Y para mí.
(¿Nos convierte eso en mosquitas muertas?)
Dream sweet dreams for you, dream sweet dreams for me .
…seguimos cantando… porno-para-ricardiacamente…
Sospecho que toda la gente conspira
para hacerme feliz
para hacerme feliz
para hacerme feliz...

no.10 eXtras




set up (paperback writing)


rafa saavedra ……….. just come back
bret easton ellis …………. Bruce llama desde Mullholland
rocío silva santisteban …………. la novela joven : una propuesta
chuck palahniuk ………….. monstruos invisibles
legna rodríguez iglesias …………….. de chupar la piedra
raúl flores iriarte ……………… de revólver
gilles deleuze .................. balbuceó
ahmel echevarría ................ día de entrenamiento
orlando luis pardo …………….. edición para radio
césar aira ……………….. nuevas impresiones de Petit Maroc
stephen king …………….. es algo que llega a gustarte / esa sensación que sólo puede expresarse en francés
demis menéndez ……………… arquitectura urbana
roberto bolaño …………….. escrituras
leymen pérez ……………. 3 poemas
eloy fernández porta ………….. la naturaleza : sus métodos, sus cosas
rubén rodríguez …………….. las flores rojas abren el cuarto chakra
come together: breve antología de poesía norteamericana
bonus track: rodrigo fresán ……….. Mr. Jones o el encontrador de tesoros