miércoles, junio 30, 2010

no.14 / side b / ficciones: adriana normand / camilo valdés fortes / ernesto santana / track 05

adriana normand

(berlin, 1976)


favores

En época de crisis un sastre se hizo famoso por sus capas de nylon, y en esto concurrieron al menos dos circunstancias principales:

1, los pequeños negocios habían sido confiscados, de modo que en toda la ciudad no quedaba más que este sastre de azarosa vida nocturna.

2, la temporada de lluvia se extendía sobremanera /no sabemos si en provecho o perjuicio/ razón por la cual –desde diversos puntos de concentración– el pueblo era enviado a los trabajos agrícolas.

A cambio de ofrecer sus favores a marinos rusos y griegos, el sastre obtenía ciertos capotes con que embalaban las mercancías, luego, por su trabajo, no recibía dinero sino cigarrillos que invertía en los muchachos del barrio.

Como las lluvias no cesaban la demanda creció y el negocio fue próspero.

Un día, sin embargo, lo encontraron muerto junto a su vieja Singer: el pedal en la nuca y una tijera en la mano. El crimen nunca fue esclarecido.

Camiones repletos de encapuchados continuaron aún por un tiempo su partida hacia los campos.

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comercio

El médico del pueblo M. ha sido acusado de traficar con pacientes, o en realidad con cadáveres. Según se ha conocido el mencionado galeno tenía relaciones comerciales con practicantes de una doctrina local que utiliza cuerpos de fallecidos para confeccionar amuletos y otros objetos religiosos. El doctor les facilitaba restos mortales a cambio de no pequeñas sumas de dinero que podían variar en dependencia de la edad, sexo y raza del occiso. Para ello hacía creer a los familiares de las víctimas que se ocuparía de los pasos relativos a la autopsia y demás preparativos del difunto y les entregaba un féretro cerrado, según decía para disminuir el dolor por la pérdida del ser querido. Asimismo se dice, que en ocasiones el contrato podía quedar cerrado desde antes de fallecer el paciente, pero en lo que respecta a semejante acusación no se ha podido probar nada. Hasta ahora el médico de M. sólo enfrenta el cargo de traficante ilegal de cadáveres.



camilo valdés fortes
(habana, 1973)

el autocine en el parque del pueblo
Los soldados se habían marchado llevándose toda la comida. Nada quedaba en la ciudad que pudiese ser considerado comestible. Las ratas, desaparecidas, y los gatos igual, en el orden apropiado de la cadena alimenticia. Grandes grupos de personas habían tenido la civilidad de proponerse como comida, pero los científicos desestimaron la idea como una forma de esquivar las improbables posibilidades reproductivas pasando directamente la biología hacia otro cuerpo como alimento. Le llamaron: “la primera muestra de conciencia molecular”, dándole a ésas personas la categoría de incapaces mentales.
Al mes, las hambrunas y la sed hicieron su trabajo, dejándonos a sólo unos pocos muriendo lentamente en los bancos del parque, boca abierta y labios partidos esperando por la lluvia. Sin embargo, grandes alucinaciones colectivas ocurrieron en ésos últimos minutos: el autocine, luego de años de reparación interminable comenzó a funcionar pasando filmes de Cecil B. De Mille; como un gran espectáculo que fuimos los últimos en disfrutar.
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del cazador y el carnicero
La carretera sube y baja en curvas que la hacen parecer una escalera; hay caminos en ambos sentidos, y algún día me perderé de esta ciudad por cualquiera de las dos vías. Es un pueblo muerto, con gente cansada meciéndose en los sillones de los portales.
En el supermercado han explotado cientos de conservas de mermelada por unas fechas de vencimiento mal impresas. Eso dio lugar a otros cientos de rumores equivalentes salidos de mentes aburridas. Lo cierto es que en el pueblo nunca pasa nada. Podría explotar la central eléctrica, o llover cerdos: la realidad nunca es suficiente.
El cazador hace sus cuentos más excitantes contando cómo tuvo que matar a un lobo de pelaje negro con sus propias manos, asfixiándolo lentamente mientras esquivaba dentelladas llenas de saliva espumosa, su cuchillo de caza perdido misteriosamente, sus mastines persiguiendo conejos en el bosque, todo el universo confabulado para hacerle perder la vida en los colmillos de un animal hambriento. Al final el lobo murió asfixiado entre sus manos engarrotadas, y su rostro de cazador contraído en un espasmo de miedo que ya nunca se le iría. Claro, todo es una invención, en el bosque no hay lobos, y sus perros sarnosos a duras penas serían mastines, pero el truco funciona y la gente le pregunta en la taberna cómo era el lobo, ¿de qué color eran sus ojos? (amarillo rabioso), ¿qué hizo con la piel? (un gorro de cazador).
El carnicero se ha cortado un dedo tonteando con su cuchillo, pero para el pueblo la historia ha sido su lucha con un tiburón que unos pescadores le trajeron creyéndolo ya muerto. Sin esperar a la mañana quiso cortarlo y meterlo a la nevera limpio, pero cuando fue a la mesa de metal donde troza la vida vio que el tiburón había desaparecido. Buscó con una lámpara de aceite en la oscuridad pero sólo vio el piso de baldosas blanco-negras oscurecidas por la sangre de tanta carne de carnicería. Limpió sus manazas en su delantal, sin notar cómo una forma oscura se movía sinuosamente entre sus pies. Algo chocó contra sus botas de goma y estiró la mano sólo para divisar un ojo rojo con una bocaza que se cerraba en una mordida perfecta. Atinó a pegarle con la pértiga hasta dejarlo muerto y convulsionando.
El carnicero es popular y las ancianas le piden que cuente todo una y otra vez.
Este pueblo es aburrido a morir, y lo único que hace soportable el silencio es mirar los autos pasar por la carretera perdiéndose en otras ficciones.



ernesto santana
(puerto padre, 1958)

encima II (auras sobre el obelisco al que llaman Raspadura)
No me preguntes, que no sé. ¿Cómo saber que es lo que hay muerto allá arriba? Algo muy enorme debe ser: algo perenne y perfectamente podrido. Y día tras día igual de enorme. Y acaso hasta creciendo y creciendo. Y esos pájaros carroñeros lo saben. Y no nos dicen nada.
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en la historia de la república
Mientras los otros se ocupaban de sus aburridos asuntos, las meretrices se apoderaron del gobierno.
Eso cuentan.
Pero en el fondo pudiera ser otra mentira más. La prensa y la televisión alimentaron demasiado el gran espectáculo.
Para muchos, no obstante, jamás habrá distancia suficiente entre ellas y el trono.
Otros piensan que simplemente ciertos poderosos se vendieron a ciertas rameras quienes, pese a sus nombres brillantes, tenían sombrías intenciones.
De cualquier manera, ¿quién se atrevería a negar que aquel gobierno fue insólito sobre todo por la manera de repartir el poder, en lo que pusieron ellas un vigor verdaderamente copulativo?
No hubo el menor intento de dictadura, como tampoco ningún cargo ministerial vacante. Ni siquiera el de la guerra. Nadie podría decir que no quisieron echar a andar la Maquinaria del Dominio. En definitiva, resultó ser un gobierno tan asombrosamente apacible como breve.
Las rebeldes fueron detenidas, desnudas todas, por los magistrados incapaces de dormir en paz lejos de los ministerios, y se ordenó encerrarlas en un enorme zeppelín negro, color de las mujeres de la calle y de los hombres de alto rango, que partió volando contra el viento hacia el Mar de los Sargazos, donde las peligrosísimas conspiradoras recibirían peor muerte que en un desierto.
A la mañana siguiente, restaurado ya el viejo orden, las nubes pasaban, enormes, entre el cielo violáceo y la ciudad nuevamente amodorrada, como un torrente que viniera arrasándolo todo desde el paraíso.