miércoles, noviembre 04, 2009

jamila medina (holguín, 1981) tres instantes a lo Debbie Malon: teaspoons (II)



jamila medina
(holguín, 1981)

tres instantes a lo Debbie Malon:

teaspoons (II)


Para Calvert Casey:
que escribía a través de mí sin yo saber.

Me vestí de jueves y llamé a mi daddy para que me prestase nuevamente su chofer de jueves. Era mi día de clínica y él no podría negarse.
Luego de algún tenue pataleo al que ya estábamos acostumbrados: daddy y yo, mejor: daddy, su thursday-taxidriver y yo (lo necesito, daddy, mira que haré un escándalo en las oficinas, daddy, que luego seremos dos para pedir y llevo cinco semanas sin menstruar…) lo conseguí. Por suerte daddy no soporta que se hable de sangre delante de su nueva secretaria (blanca, de carnes rebosadas y piernas deliciosamente varicosas); menos de menstruos.
La sangre sin embargo es lo preferido de Ray. Creo. Después del batido de cerebro que, luego del trépano y todo lo demás, sale por nuestros agujeros. Esos –bien encerados por el borde: porque los huesos también sangran, qué dulzura: me explicó Ray con los ojos en éxtasis– agujeritos que amamos abrir los neuros sobre un precioso ejemplar (aquí sé que miraba impúdico el mío, con mal llevada lascivia) de cráneo humano, al que sabemos atosigado por presiones.
Pero lo mejor de Ray es que también fue ginecólogo. Y que ha sido programado (en insondables, cargados como mis tazas de té: planes de estudio) para ser médico general no-sé-qué-más. Así no necesito verle el lindo rostro entre mis piernas a más nadie; ni nadie más me «deprime» poniendo una paleta desechable de madera sobre mi lengua, para hurgar en mis amígdalas; ni me pincha la punta de los dedos, con primor, para ver mi sangre correr… y analizarme de paso.
Subí con prontitud los siete pisos (odiaba los cuchicheos de la rubia, imitación de rubia: delgados tobillos, rodeados de cadenitas con dijes de levísimo metal, imitaciones de metal, que manejaba el ascensor). Toqué suave en la puerta y esperé a oír su voz. No es que esté esperando a alguien más: Ray es MI médico particular. Ni que yo temiese interrumpir alguna ronda (de esas en que se comenta qué bello hígado y bonito tumor) de médicos. Todos saben en la clínica que los jueves a las cinco de la tarde Ray me está reservado solo a mí. Y a nadie más.
Dijo pase, con ese tono de aparente indiferencia con que me recibía siempre, y en el que yo por supuesto nunca creería. Sabía que temblaba por mí. Pasé e hice pasar a mi nana, señalando con un gesto de cabeza (bajo el cuero cabelludo, la dura madre, esa parte aracnoidea…: cada capa de hojaldre de mi cráneo desquiciante), y él asintiendo antes de verme señalar (lo deseaba y yo sabía).
Hízose cargo enseguida y entonces, cuando todo lo dispuso para el té, fue mi nana quien cabeceó como pidiendo excusas (vimos así: su viejo cráneo, asqueroso, bambolearse)… y yo la dejé ir.
Puse apropiadamente: leche y dos terrones de azúcar y, por supuesto, una prolija porción de té en su taza. Había aprendido a calcular con primorosa exactitud las proporciones. Hizo girar, primero en redondo y luego en cruz la cucharilla: por disolver lenta pero cabalmente toda el azúcar. Golpeteó leve con ella sobre el borde de la taza, escurriendo cada gota. Y yo quise ser la taza, pensé en aquella fría cucharilla recorriendo el borde de mis labios rosáceos: escanciando la dispendiosa gelatina entre mis muslos.
Bebió con fruición y preguntó al fin: qué te sientes hoy, princesa –de nuevo el tono glacial que pretendía helarme el tuétano («para comerme mejor», ¿no, querido?: hubiera deseado escupirle a la cara, porque yo conocía sus deseos). De nuevo la cabeza, de egipcia probidad (ya querría también Debbie, tenerte, amado Yorick, presidiendo su escritorio: anhelé empática), sobre el cuello níveo de Ray: en una imperceptible reverencia inclinados, como prestándome atención. Maldito Pensador, volqué con los ojos (al darme un vuelco el sensiblero corazón cuando Ray Murthay me tocó para volverme a preguntar: Qué tiene hoy Debbie Mallone…) la marmórea escultura que presidía su buró. Y tu Rodan rodó –rimé en solitaria sesión mi minúscula victoria.
Impasible: ponte sobre la cama verde, Debby (y yo odiaba que achicara mi ya little-kind-child name), Ray continúo el rito. Quítate antes esas bragas, Debby (un poco más y me palmea la espaldita… al pedir, sin tapujos, que desnudase el pubis, los iliacos y esa por él preciada zona –yo lo había visto palparla, con una tempestad bajo la frente, en las yemas de los dedos, demasiado a menudo–: en que el vientre y el inicio de la pierna dibujan un exquisito pliegue). Acomódate bien, Debby. Abre más esas piernas, Debby. Y deja de moverte, Debby. Y… y… y… –iba yo remedando mentalmente los acostumbrados bocadillos con que había decidido «mantenerme al margen» Ray Murthay.
Pero la pequeña Debbie Mallone lo que realmente quería era olvidar, predecir lo que diría Ray para así borrarlo, creerlo parte de su cabeza enferma.
Le miraba y remiraba hacer entre mis piernas, deseándolo hasta el vértigo (cada vez podía oír, «para verte mejor», cómo echaba al bote de basura más y más gasa empapada de mis tazas de jalea: la anhelante gelatina con que yo lo llamaba, hacía un gesto con el dedo y luego ya una mueca desesperada con toda la mano izquierda, pidiéndole que entrase en mí).
Y viéndole hacer… yo ponía palabras en su boca o las quitaba: adecuándolas al bisbiseo de sus labios, los movimientos de su lengua hacia el paladar (para articular un fonema palatal cualquiera); o aquel con que hacía una velar (kordura, Debbie… vamos a ver si te estás trankila, korazón); y, sobre todo, seguía con poderosa atención sus líquidas (luminosa Debby, rabiosa fierecilla mía...).
Estuve así, como cada jueves, bajo el filo atento de su ojo. Estuvimos. Aperto el castor (esta vez lo observado), fue Debbie sabiamente trabajada por Ray durante quince (estirados como calamellus de melcocha estirada) por suerte larguísimos minutos; y yo trabajé a cambio sus palabras. Él deshojándome el vientre y yo: haciendo una personal-Debbie-bad-translation solamente para mí, con tal de verle decir lo que quería, tal de hacerme mimar un rato.
Por suerte terminó la inspección y pudimos respirar (yo sentía su leve asfixia, el regodeo con que lavaba sus manos –pero antes las lamía: advertí imperativa, invocando la magia simpatética– allá detrás de las sábanas verde antiséptico). Entonces, inspiramos y expiramos ya un poco más tranquilos.
–Entre dos y tres meses, pequeña. No quisiera interrogarte pero me pregunto cómo es que pudo suceder, si no he dejado de cuidarte: colocarte delicados DIU, recetarte y comprar incluso, casi poniéndolas en tu mano junto a un vaso de agua, tus pastillas Anticop…
Vi bregar su cabeza, raramente apenada: su lava intracranéana burbujear (como en esas vítreas bolas pisapapel en cuyos vientres flotan barcos).
–No entiendo nada, Debbie.
Pero yo estaba sopesando justo entonces ese mito purulento que mayestático ocupaba miles de cráneos, allá abajo: los tipos como él ponían su lengua AHÍ dentro, para extraernos un tumor. Imaginaba su lengua entre mis vasos capilares, el espesor de mi líquido encefálico, su poderoso peso, sobre ella… cuando Ray dijo de nuevo:
–Nada, de nada, Debbie; ¿me lo explicas tú?
Y yo tampoco sabía cómo. Dudaba (Doubt contradict my self) si en mi avaricia estaba poniendo también estas palabras en su boca, para estarme ese jueves con el Ray un poco más. Ni yo creía en la partenogénesis ni había estado abriendo mi castor para nadie más durante los últimos diez meses. Tampoco yo entendía nada.
Vamos a tener que hacer una cuidada intervención, un poco peligrosa Debby. Cómo es que nos haces esto, Debby. ¿Querías acaso que Sir. Mallone nos mate, Debby; deje sin Nan II a mi bebita, Debby? –lo escuchaba, o no, balbucear como un chiquillo acongojado su cuita; como un celeste Gollum de desdoblaba personalidad: mentando un «nos», haciéndo-nos partícipe de una unidad que yo para nada comprendía.
Entre sus griticos espantados y mi vahído creo que pude comprender, tratar de poner en claro, viendo a través de los pozos asentados en mi taza de té: que se trataba de mi padre, que lo asustaba matarme durante esa «cuidadosa intervención» que ahora teníamos que emprender.
Dangerous: rosa maléfica el viaje que habría de iniciar –me dije. Ray no temía matarme por mi padre; temía querer matarme por sí mismo, tenía pavor de que sus manos –ya que por un lado lo iban a liberar de mi ahogante presencia de los jueves y por otra parte iban a ser las secretas libertadoras de sus más recónditos deseos: detonadoras de su inconsciente. ¡Miedo de ti, miedo de ti! –pretendí gritar yo pero era tarde, no respondía la lengua tropelosa: habiendo dejado de mirar las bellas, suavísimas manos de Ray, estas se habían dedicado a suministrarme, directamente en vena, sus pain-killers.
Comencé a ver borroso y supe el resto: Ray Murthay como flotando sobre mí (hermosísima yegua de la noche… y me refiero al íncubo: la inoculada pesadilla que se gesta, creo, en el cerebelo), se encargaría primero de besarme en la boca, toda la boca de Debbie bajo Ray, bajo su peso o su poder. No por necrofilia, qué va: sino para premiarme, agradecer, y premiarse por tenerme por fin bajo la sierra (quizás una delicada, finísima segueta: preciosa cuerda de violín).
Luego sería el banquete. Yo no había logrado ver nunca tras las cortinas verde antiséptico, pero seguro había allí una provista alacena –tal vez un blanco botiquín– donde se guardarían el jugo de limón y los sucesivos ingredientes de la orgía: el pote de picante y la blanca salsa rusa y la meliflua mantequilla de maní, y la mirra y la albahaca, incluso un poco del estrellado anís y del bijol, la mermelada de nísperos, el tomate: signado en letras itálicas su precioso, bermejo, contenido…
Yo no había nunca visto más allá de la cama, ni vería; no sabía los gustos de Ray: sus manos palpando cada jueves, su edad, la andrógina lisura de su pelo, el sabor de su colonia justo en el dedo con que ponía el compresor sobre mi lengua… Pero sí sabía la lección.
Él –tras rasurarme sobre la nuca y asegurar el triunfo de su cefazolina– me pondría «decúbito supino». Disfrutaría lustrando mi piel con Hibiscrub y marcando el lugar de la incisión. Prodigaría –con las finezas que se gasta en un bebé– los más regios cuidados a arropar mi cabeza. Tras los primeros cortes, escanciaría amablemente, con el disector de amígdalas: la grasa, la galea, el periostio.
No por gusto yo había sostenido largos duelos con Ray: inquiriendo sobre cada operación, queriendo reconocer, bajo cada gesto seguro de la queirós, los más hondos, olvidados, buhardíllicos resquicios de mi querido neurocirujano.
Conocía el procedimiento, comedido del cazador, hasta el final: el retractor Hansen, el agujero de trépano, la duramadre en cruz y toda esa otra mierda quirúrgica…
No necesité pugnar contra sus «asesinos del dolor» para saber la punsión en el ventrículo, y el endoscopio que Ray hubiera [¿Broncoscopio flexible Olimpus® BF_ P10 (5mm). Can., Artroscopio rígido Karl Storz® (5mm), Fibroscopìo flexible Aesculap® (5mm) Canal de trabajo 2mm?] preferido, entre sus fiebres –quemantes sobre cualquier tejido mío que rozaba–, tomar de entre sus lanzaderas, para en mi cráneo «navegar»: metiéndose hasta mi agujero de Monro (bellamente dibujado en media luna, ¿no Ray?), por mis talámicas –yo lo veía rumiar lo mullidas que las encontraba– vías venosianas.
Después, en el centro de una preciosa excitación, en la cual yo jamás le vería agitarse por mí, practicaría la fenestración. Ray Murthay se suicidaría en el colmo del éxtasis por cualquier recóndita ventana que hallase abierta o cerrada, allá dentro de mi cráneo. Ray lo estaría, luego de diez minutos de anestesiarme: disfrutando hasta el dolor. A mí no había que contármelo.
Más tarde (yo: no sé si totalmente cercenada la cabeza, casi luciendo como Yorick y él: ya con un poco de culpa empozada en la mirada, pero aún eufórico), se preguntaría (¿me?), contemplándome (¿me?), con tono neutral, las conocidas cosas sobre el ser y la nada. Habría cortado usando la segueta –pulsando gracias a ella su más querida melodía de clasical-rock… mientras me abría. Violado estaría mi último escondrijo y, levada como un puente la parte superior de mi cráneo como se abre una caja de Pandora.
El limón y el Tabasco suelen hacer su labor en media hora, con lo que tensarían, quizás peligrosamente demasiado, la paciencia de Ray: alargando con mucho empalagosamente esos minutos. No puedo predecir: a pesar de todo, conozco poco los exactos procederes de su gula. Pero sí sé que Ray (como no haría mi padre-joven, que acostumbraba a comer los sesos del mono directamente del recipiente de sus huesos): amansará sus nervios, y la ávida –procaz– secreción de su saliva. Y que aún empleará parte de su tiempo en disponer, sobre la pálida, y nacarada, y pulida superficie de la mesita del té: el deseado manjar.
Con las pinzas para el hielo lo llevará –poniendo mucho cuidado de que nada se derrame– desde la caja de Pandora de mi cabeza a su platillo para el té: ese en que nada, sobre un fondo azul, un tópico dragón de escamas plata. Sus blanquísimas manos, temblorosas, le permitirán aún: especiar, y orlar, y aderezar la golosina. Y solo entonces –no sé si con gusto o ya más bien picado de ansiedad: queriendo ahogar la vocecilla de Debbie Mallone que le zumba en el oído–: partirá Ray –limpio su gesto de avezado– un pedacito de cerebro con mi teaspoon –Stainless Steel, made in United Kingdom– y se pondrá a comer (¿me?).