miércoles, noviembre 04, 2009

antonio josé ponte (matanzas, 1964) caja negra de la fiesta (fragmento de La fiesta vigilada)


antonio josé ponte (matanzas, 1964)

caja negra de la fiesta
(fragmento de La fiesta vigilada)

"Hoy, sentado a mi mesa en una mañana sin nubes, veo por la ventana el tumulto estático de los paralepípedos rectangulares y me siento curado de la maligna afección que estuvo a punto de ocultarme la verdad de Cuba: la retinosis pigmentaria." Hoy es un día de 1960. Ante quien escribe se abre una vista del barrio habanero de El Vedado. El que escribe es Jean Paul Sartre. Es su segundo viaje a Cuba. El primero, que a veces trae a cuento para algunas comparaciones, fue en el 49. Sartre no ha escuchado nada acerca de la retinosis pigmentaria hasta esa mañana. No ha sentido sus ofuscaciones aunque afirme haberlas padecido. (Padece, eso sí, de estrabismo). Simplemente, encuentra el nombre de la enfermedad en el discurso de un funcionario cubano y decide apropiárselo. Según tal funcionario, todo aquel que pudo sacar una imagen feliz de la Cuba prerrevolucionaria (Graham Greene en sus primeras vacaciones en La Habana, por ejemplo) padece de retinosis pigmentaria o pérdida de la vista lateral. Capaz de ver de frente la realidad cubana, no alcanza a divisarla con el rabillo del ojo. Y ésta se le escapó. Jean Paul Sartre coloca tal noticia oftalmológica al comienzo de Huracán sobre el azúcar. Afina su instrumento, la mirada, antes de prestarse a ejecutar una larga suite de temas cubanos, a la manera de Gottschalk o de Gershwin. El aviso médico le sirve de escarmiento por no haber poseído suficiente visión lateral en su viaje anterior. En 1960, once años después, se propone no perder nada de vista. No hay que echar una ojeada a las fotografías que lo muestran en su segunda estancia en Cuba. Vestido siempre de traje, un cigarrillo en la mano, su estrabismo parece querer abarcar todo el panorama. Igual a esos reptiles a lo que la autonomía de ambos ojos les permite cazar a toda la redonda. Lo mismo que uno de esos reptiles en la caja de cristal de sus espejuelos. Consulta un ejemplar del diario Revolución y, bajo el anuncio de una propuesta cubana de reanudar relaciones con Estados Unidos, aparece en primera plana una gran foto suya. Lee en un asiento de avión un mapa de la isla. Lo retratan en el panteón de José Martí en el cementerio de Santiago de Cuba. Visita un central azucarero y una ciudad rural que se construye. Asiste, junto al jefe de la revolución, a la puesta habanera de su pieza teatral La ramera respetuosa. Es la primera vez que el líder revolucionario asiste a una función de teatro. Al terminar la representación, una actriz pregunta a éste si es cierto que se propone acabar con la prostitución, y el jefe revolucionario contesta que sí. Lo cual parece un disparate a Sartre. El líder de la revolución asegura que convertirá a las antiguas prostitutas en conductoras de taxi. Sartre celebra un encuentro de escritores cubanos donde trata extensamente acerca del realismo socialista soviético y del compromiso político del escritor. Cena en una fonda cuyo cartel promete comida china y criolla durante todo el día y toda la noche. Asiste a una de las grandes concentraciones políticas de la época. (Allí se estrena la consigna "¡Patria o muerte!" y se toma la foto más conocida de Ernesto Guevara. En sus memorias, en una antología de lo vivido entre 1944 y 1962, Simone de Beauvoir menciona esa asamblea junto a una función de ópera en Pekín, toros en Huelva, candomblé en Bahía, la visión del desierto, las noches blancas de Leningrado, una lucha anaranjada sobre el Pireo y las campanas del fin de la guerra). "¡Sartre, es Sartre!", gritan los taxistas de La Habana al verlo. Él cambia el cigarrillo por un habano en su visita a la oficina del comandante Guevara y éste le brinda fuego. Toman un café juntos. Guevara sentado en una butaca de mayor altura que las de sus visitantes. Un despacho semejante a un escenario de televisión. "En aquel despacho no entra la noche", lo describe Sartre. Como si se tratara de la reproducción de esa oficina en un museo de cera. Simone de Beauvior y Jean Paul Sartre sentados, no frente a una persona, sino ante la fidedigna copia de Guevara. ¿Debido a las botas perfectamente lustradas de éste? ¿A la textura plasticoide de su guerrera? En cualquier caso, se nota incoincidencia entre la pareja de franceses y el militar argentinocubano. Si acaso los tres coinciden, lo hacen en un fotomontaje no logrado. Sartre cena en los mismos restaurantes en los que antes se deleitara Graham Greene. Camina por el Paseo del Prado. Lo alojan en una pieza del hotel Nacional donde cabría todo su apartamento parisino. Al describir la pieza enumera sedas, paravanes, flores bordadas y flores en jarrones, dos lechos dobles para él solo. (Simone de Beauvior ocupa habitación aparte, del mismo modo que cada uno de ellos posee en Paris apartamento propio). Sartre se entrega por primera vez al placer del aire acondicionado. Contempla la ciudad desde uno de sus puntos de mira privilegiados. "Me ha bastado correr las cortinas en cuanto llegué: vi largos fantasmas gráciles estirarse hacia el cielo". Y asocia los modernos edificios de El Vedado a la anterior degradación política del país. Los clubes nocturnos resultan más numerosos que en su estancia anterior. "Pululan alrededor del Prado: encima de sus puertas la electricidad vuelve por sus fueros y nombres atractivos y parpadeantes hieren los ojos del transeúnte". Encuentra una multitud apiñada alrededor de las mesas de juego del cabaret Tropicana, pero la ciudad nocturna no es aquella que recorriera Graham Greene. Las máquinas tragamonedas han sido suprimidas. La lotería continúa en funcionamiento después de haber sufrido ajustes. los casinos de los grandes hoteles se encuentran abiertos, pero sus ganancias van ya al depósito estatal. A La Habana nocturna le queda poco tiempo. Sartre ha sido comisionado para escribir varios artículos sobre los sucesos de la Isla. Es el hombre en La Habana de L´Express. Aunque una vez llegado a Cuba lamenta la tirada limitada y de frecuencia semanal de esa publicación parisina y decide pasarse a France Soir, donde podrá explayarse. Escribe Huracán sobre el azúcar para un público de millones, pero ni así alcanzaría a explicarse la estupidez de algunos de sus fragmentos. Como cuando afirma a propósito de las barbas y melenas de los revolucionarios cubanos: "He visto ríos negros cubrir el pecho hasta el diafragma y he visto rostros lampiños, con cuatro pelos desesperadamente cultivados en la unión de la barbilla y el cuello. No había cesado de admirar el abanico de una barba, cuando su propietario, al despojarse de su gorra militar, me revelaba una calvicie precoz. En los jovencísimos héroes de los últimos combates el rostro es liso, lampiño como el de una joven, pero los cabellos caen sobre los hombros": Tratándose de Sartre, esas líneas precisan ser rematadas por conclusión pensamental: "La extremada variedad de las combinaciones testimonia, dentro de la disciplina, un individualismo profundo". El autor confiesa haber visto menos barbas desde su llegada a Cuba que en una tarde en Saint Germaine des Prés. ¿A qué viene entonces tanto pormenos de columnista de moda en la descripción de un corte de cabello inédito? El exotismo, la explicación de extrañas bellezas, parece impulsar ese y otros fragmentos de la Cuba de Sartre. Son también notorias algunas de sus agudezas. "Si los Estados Unidos no existieran", aventura, "quizás la revolución cubana los inventaría: son ellos los que le conservan su frescura y su originalidad". Y se muestra sibilino al cerrar su diálogo público con escritores cubanos: "No olviden que los intelectuales no se encuentran jamás felices en ninguna parte. Cuba es su paraíso y yo les deseo que se quede así, que siga siéndolo". En La Habana de 1960, Sartre comprueba que algunas casas de prostitución han sido cerradas y otras mantienen intacto su comercio. Cumplido un año de revolución en el poder, aún funciona la lotería nacional, siguen abiertos casinos y prostíbulos. Y si una de las características de toda revolución es la austeridad, él pregunta dónde encontrar la austeridad cubana. A partir del triunfo revolucionario, el poder político del país parecía haberse dividido en dos. En el Palacio Presidencial, enclavado en la ciudad vieja, se reunía el consejo de ministros. Presidía ese consejo un hombre de leyes. "La legalidad misma en su universalidad más formal y más tiránica", lo describe Sartre. Y en una suite del recién inaugurado hotel Habana Hilton plantaba campamento la comandancia del ejército revolucionario. Desde allí gobernaba el país quien no ha dejado de hacerlo desde entonces. El presidente del consejo de ministros habís sido nombrado por él. Los ministros tenían su beneplácito. Sin embargo, el consejo persistía en llevar a la antigua usanza los asuntos públicos. Y los jóvenes del Habana Hilton estaban hechos de la modernidad del ambiente en el que residían. Era El Vedado contra La Habana Vieja. Cada grupo alardeaba arquitectónicamente de cuánto le faltaba. Los de Palacio, de suficiente asentamiento. Y en una suite del hotel habanero más moderno, el huésped alardeaba de provisionalidad, de hallarse solamente de paso. Por esa época las turbas se dedicaban a asaltar cabarets y casinos en nombre de la revolución. "¿Donde está la austeridad cubana?", preguntaría Sartre. Las turbas devastaban las salas de juego de los hoteles Deauville y Plaza. Cuando intentaban colarse en el hotel Capri, hallaron en su camino al actor hollywoodense George Raft. Y éste, que velaba por los intereses del capo Meyer Lansky en el casino y en el hotel del Capri, largó a la multitud un discurso salpicado de consignas revolucionarias hasta enfriar sus propósitos de vandalismo. La mejor actuación de toda su carrera, según sostendrían testigos. Jean Paul Sartre habría quedado boquiabierto al comprobar cuán cerca del Palacio Presidencial se hallaba el mayor barrio de prostitución habanera. A sólo pocas calles. Y el presidente del Consejo de Ministros firmaba un decreto que clausuraba ese barrio. Toda casa de prostitución, toda sala de juego. Para que un día después en el Habana Hilton se concentrara la gente, una multitud repletara los ascensores del hotel, tomara las escaleras y penetrara intempestivamente en la suite de la comandancia. Eran los empleados de las casas de juego y los familiares de esos empleados. Allí estaban desde las vendedoras de cigarrillos hasta los croupiers, aquellos a quienes el decreto presidencial dejaba cesantes. Sin atreverse a aparecer en el hotel, las prostitutas presentaban sus quejas por escrito, dirigían cartas al jefe de la comandancia. Cartas dignas, a juicio de Jean Paul Sartre, en las que reclamaban su derecho a ejercer el oficio. Cartas de rameras respetuosas. En la comandancia escucharon las razones de los empleados, dieron lecturas a los mensajes de las prostitutas y convocaron inmediatamente a los ministros. Estos dejaron a solas a su presidente y partieron a rendir cuentas al verdadero gobernante del país. Blanco de cólera, describe Sartre al comandante. Según este, el consejo era culpable de un moralismo imbécil que ponía en peligro a la revolución. ¿Deseaban ellos suprimir el juego? También él lo deseaba, pero a condición de que pudiera encontrársele ocupación a todo el personal que una medida así dejaría en la calle. Y no existía por el momento industria capaz de acoger a tal cifra. Solamente cuando fuera resuelto el problema del desempleo podría liquidarse el juego. Por otra parte, la mayor parte de las prostitutas de la ciudad venía del campo. Ordenar a esas mujeres que no vendieran sus cuerpos era de una ingenuidad tremenda. Y enjuiciarlas sería un crimen. Solamente cuando terminara la miseria campesina podría cancelarse la prostitución. Los ministros cometían el mismo error de tantos gobiernos anteriores que, para no emprenderla con las causas, combatían los efectos de éstas. Y, en lugar de encarar el desempleo y la pobreza, batallaban contra el juego y la prostitución. Todavía no era hora de cierres. Mientras fuese necesario, el poder revolucionario tendría que hacerse cargo de la lotería pública, de las casas de juego y de los casinos. (Las elecciones presidenciales quedaban pospuestas hasta tanto no se eliminaran el desempleo y el analfabetismo). Podrían suprimirse las máquinas tragamonedas, ya que estas no ofrecían puestos de trabajo a nadie, pero habría que velar por que cada hombre y cada mujer conservara su empleo. Y en cuanto a las prostitutas, debía combatirse a quienes las parasitaban, chulos y policías corruptos. Dejar al comercio sexual en los huesos, no barrerlo. Mano dura con el proxenetismo, vista gorda con las putas. De modo que el decreto firmado por el presidente del Consejo de Ministros no podría tener curso. Resultaba demasiado prematuro, falto de otras precauciones. Y los ministros harían bien en convencer al Presidente de su equivocación. El Presidente, sin embargo, no aceptó retractarse. Había puesto su firma en el decreto, había dado su palabra. (Sartre sospecha que se mostraba intransigente con tal de disimular sus vacilaciones a la hora de actuar). Se hizo cada vez más grande la división de poderes en el país. En fórmula sartreana: “La verdadera autoridad no era legal; la autoridad legal no era verdadera”. Era tiempo, pues, de tomar abiertamente las riendas. Tiempo de que el Consejo de Ministros se librase del lastre que constituía aquel presidente. Hora de abandonar el hotel. El huésped del Habana Hilton anunció su decisión de retirarse de la vida pública. Pues no hallaba salida mejor en vista de la obcecación del Presidente. Desplegó un simulacro de retiro con el ojo puesto en que las masas se lo impidieran. Y resultó según sus cálculos. Simone de Beauvior narra que un millón de campesinos se reunió en la capital cubana y “entrechocando sus machetes, con un ruido ensordecedor, exigieron que se quedara a la cabeza del país”. Quien tenía que retirarse era el Presidente, exigió la voluntad popular. Y una campaña de prensa lo acusó de enriquecimiento ilícito. Así el jefe de la comandancia terminó por hacerse del control total. Ya no más nomadismos, no más rodeos. La confirmación de su destino venía del mismo pueblo. “Al fin la Liberación iba a transformarse en Revolución”, Sartre respira a gusto. El Presidente depuesto tuvo que pedir asilo. Pasaría más de dos años encerrado en la Embajada de México hasta que autorizaran su salida del territorio nacional. Después de haber servido de instrumentos para la toma del poder, croupiers y prostitutas fueron obligados a desalojar el escenario. La representación había terminado ya. Sin que alcanzara a divisarse nuevo desarrollo industrial y sin haber dado fin a las miserias del campo, la administración revolucionaria dictó el cierre de las casas de juego y de prostitución. Así cumplía un decreto que antes encontrara inaceptable. La lotería pública cantó su último número premiado y las únicas ruletas sobrevivientes fueron a parar a un almacén de la recién fundada industria cinematográfica. Girarían de nuevo durante la escenificación de alguna época pasada. Las mesas de juego corrieron igual suerte que las ruecas en el reino de la Bella Durmiente. “Se acabó la diversión. Llegó el comandante y mandó a parar”, cantaba un son de la época. Donde estuviera el casino del hotel Capri abrió sus puertas el Salón Rojo, nuevo local para la música. El Habana Hilton fue expropiado y pasó a nombrarse el Habana Libre. En la ciudad vieja, el Palacio Presidencial terminaría como museo dedicado a la épica revolucionaria. (Allí puede admirarse una reproducción a tamaño natural del comandante Guevara). Y un año después de su primera estancia en la Cuba revolucionaria, de regreso de un viaje a Brasil, Simone de Beauvior y Jean Paul Sartre hacen una breve escala habanera. En la ciudad no existen ya lugares de diversión nocturna. No hay juegos de azar ni turistas estadounidenses. El hotel Nacional, semivacío, hospeda a un congreso de milicianos. Milicianos de ambos sexos. Muy jóvenes, a juicio de la escritora francesa, que descubre milicianos en maniobras por toda la ciudad. El país, aseguran a la pareja francesa, aguarda una invasión. De visita en una fábrica estatal, Sartre dialoga con un grupo de obreros. Les hace una pregunta, los obreros empiezan a responder y un dirigente los detiene y responde por ellos. Jean Paul Sartre quería saber cuán ventajoso había sido para ellos el cambio de régimen político. Pero quien contesta es un funcionario, y una sola versión cabe ya para todos. Conversan con el poeta Nicolás Guillén y éste afirma que toda búsqueda formal es contrarrevolucionaria. En privado, algunos escritores confiesan a Sartre y su compañera que les acosa el temor de no ser verdaderos revolucionarios. Ya empiezan a autocensurarse. De Beauvior compara lo que va de una a otra estancia en Cuba, de un año a otro: “Menos alegría, menos libertad, pero en algunos aspectos grandes progresos”. Y remite esos progresos a la producción agropecuaria, campo que irá poco después (si no ya) de un descalabro a otro. Es por esa misma época que Susan Sontag visita La Habana. Asiste a alguna noche de La Lupe en el club La Red porque luego incluirá a la cantante cubana en su catálogo de “lo camp”. Los recuerdos de Cuba se le harán recurrentes ocho años después, de viaje por Vietnam. Su Viaje a Hanoi, escrito en los meses de junio y julio de 1968, constituye la memoria de su primera salida “al exterior de las premisas de la cultura occidental”. El ejemplo de la revolución cubana le vale entonces para algunos acercamientos a la revolución vietnamita. Aunque también consigue apartarla de toda comprensión. “Es probable que no entienda nada aquí hasta que borre a Cuba de mi mente”, confiesa en un paréntesis de su diario. Quien conozca la clase de ilusiones que una visita a Cuba revolucionaria despertara en Sartre puede permitirse desconfiar de lo que Susan Sontag percibe de la realidad vietnamita. Sin embargo, Viaje a Hanoi demuestra una visión más escarmentada que la Huracán sobre el azúcar. Sontag es más escéptica, anda a paso menos firme. La extrañeza que enfrenta resulta mucho mayor y, por fortuna, se comporta dubitativamente. Quizás le importe menos ofrecer lecciones y suele ser más intima. (Esa bonachonería con que Sartre acoge a los lectores en su pieza de hotel resulta sumamente inverosímil). Sontag que en 1954, al echar a los franceses de Hanoi, entre restaurantes, fondas, fumaderos y salones de baile, el número de esas mujeres era de millares e iban a quedarse en la calle una vez que se cerraran los prostíbulos. Perderían el sustento en cuanto su oficio fuera legalmente condenado. Se procedió, pues, a la reeducación de tales ciudadanas. La nueva vida de la capital permitía toda clase de optimismos, cualquier arranque desde el comienzo. De ser ciertas las noticias que da Sontag, ninguna otra revolución ha llevado tan lejos un programa de reeducación. Las prostitutas de Hanoi fueron colocadas bajo la tutela de la Unión de Mujeres. La asociación femenina creó centros de rehabilitación en el campo y envió allá a sus pupilas. Lejos de la ciudad que, para el pensamiento revolucionario (lo mismo que para muchas otra lógicas), resulta corruptora, de malas influencias. Las apartaba así de las viejas redes de proxenetismo y clientela. En esos centros las mujeres fueron mimadas durante los primeros meses. Tratadas como niñas. Destinadas al campo para curar lo que la gran ciudad había herido en ellas, iban a ser trasladadas aún más lejos: a la infancia. Durante los primeros meses, el régimen de enseñanza contemplaba lecturas en voz alta de cuentos de hadas y práctica continua de juegos infantiles. La terapia se encaminaba a la sustitución de los recuerdos de niñez, remontaba la biografía mucho más allá de la primera violación, del primer cliente, de la noche primera en la casa de putas. Para empezar nueva vida era preciso contar con nueva infancia. Sólo después de ese período de tratamiento como niñas, las educandas recibían clases de lectura y escritura, aprendían un oficio con el cual sustentarse en el futuro y regresaban a etapa adulta. O se encontraban por primera vez en ella. Por último, se les entregaba una dote que les permitiría hallar esposo dentro de la jerarquizada sociedad vietnamita. Esa dote, junto a los cuentos de hadas y a la escritura recién aprendida, arropaba a las antiguas prostitutas en la tradición. Profundo pasado y posibilidades futuras, parecía ser el lema del programa vietnamita. El de la revolución cubana, menos minucioso, iba a centrarse en los secretos de la costura. Haría costureras a gran parte de las antiguas prostitutas. Costureras y taxistas. Taxis de color amarillo y negro pertenecían a la Asociación Nacional de Chóferes de Alquiler Revolucionario (ANCHAR, ya que en la nueva sociedad todo adoptaba siglas), y en taxis de color violeta trabajaban las prostitutas reeducadas. Hacían, de otro modo, la calle. TP eran las siglas de estos últimos vehículos: Transporte Popular. “Todas Putas”, las llamaba la gente. Y aquellas conductoras recibieron enseguida, por el color de los autos, el mote popular de “violeteras”. Parecía una gran burla organizada por las autoridades. Luego del cierre de casinos y prostíbulos, juego y prostitución siguieron en Cuba vida tímida, enclenque, clandestina. Todo el que administraba apuestas de juego adquirió destreza en el acto de digerir el listado antes de que cayera en manos de la policía. Apostando en La Habana había que atenerse a lo que proclamara la suerte en Venezuela o en el sur de la Florida: juego de suerte ajena. Y fue por los 90, tres décadas después de su expropiación, que el hotel Habana Libre se hizo en parte propiedad extranjera. Ya que luego de haberla combatido hasta el destierro, el Gobierno revolucionario propiciaba la llegada de inversión foránea. El socialismo, según una definición que fuera popular en el Este europeo, constituía el camino más largo entre el capitalismo y el capitalismo. Quien fuera huésped principal del antiguo Habana Hilton, aún cabeza de gobierno, no tuvo más remedio que aceptar el regreso de algunas compañías extranjeras. Habían echado abajo el Muro de Berlin, el imperio soviético se había desintegrado. De la Guerra Fría quedaban en pie muy pocas cosas. Iba a ser, por supuesto, un regreso coartado. Los capitalistas extranjeros no podrían hacerse propietarios del todo. Se trataba de inversiones mixtas, parte estatal y parte extranjera, con preponderancia de la primera de estas dos. Sólo hasta que la economía cubana se hiciera fuerte, volviera a hacerse fuerte. Si es que el capitalismo mundial no se hundía antes, tal como aseguraba en sus discursos el líder de la revolución cubana. Por lo que, en medio de los apagones, se encendieron los hoteles. Y resultó ser el aviso para que nubes de insectos rodearan esos focos. En busca de luz, por mucho que se dieran de cabeza contra las paredes de cristal. Aun a riesgo de incendiarse. Volvía la prostitución y quien consiguiera desterrarla al comienzo de su dilatado Gobierno se resistía a aceptar ese regreso. Al oeste de la ciudad funcionaban avanzados laboratorios de investigaciones genéticas. Ernesto Guevara había pronosticado el surgimiento, dentro de la revolución, del hombre nuevo. ¿Qué fallo se había deslizado en el barrio de los alquimistas para que cuarenta años después el homúnculo anunciado por Guevara no acabara de alzarse de la mesa de vivisecciones? La experimentación con humanos arrojaba resultados demasiado impredecibles. Una puta recibía educación y podía reformarse, convertirse en costurera o taxista. Y, en casuística inversa, jóvenes formados como médicos o ingenieros terminaban acogiéndose al ejercicio de la prostitución. Aquel que se valiera de unas cartas de putas para hacerse del poder podía ahora conjurar el mito guevarista de la nueva criatura con el reconocimiento de la vuelta a Cuba de la prostitución. Terminaría así por enorgullecerse en público de que el país que gobernaba contara con la más culta prostitución del mundo. Pasaba del hombre nuevo a la nueva prostitución, ya que las mitologías debían ser revisadas. Hombre nuevo, nueva prostitución, capitalismo recién convocado... Como siempre que se enfrentaba a un caso conflictivo, el pensamiento revolucionario echaba mano de lo pedagógico. Obligado a desmantelar gran parte de la industria azucarera, se enfrentaba a un populoso número de desempleados y la única solución avizorada consistía en enviar a los antiguos trabajadores del azúcar, sin que importara su edad, a hacer nuevos estudios. Se tapaba el desempleo con la apertura de nuevas aulas. Como gran triunfo filantrópico se proclamaba un nuevo sistema educacional de desempleados. Hombres hechos y derechos se veían obligados a calzar los chanclos de estudiante de uno de esos personajes de Chéjov, temerosos de la adultez, que demoran cuanto pueden sus años de aprendizaje. Trófimov, que aparece en El jardín de los cerezos con gafas y un raído uniforme de estudiante. Liubov Andreievna lo recuerda: “Entonces usted era todavía un muchacho, un estudiantillo simpático, y ahora ya está casi calvo y lleva lentes. ¿Es posible que aún siga siendo usted estudiante?” “Se ve que mi destino es ser un eterno estudiante”, reconoce él. Ser estudiante, vivir en lo pendiente, postergar. Y Trofimov declama extensos parlamentos acerca del futuro de la humanidad y de Rusia, aunque personalmente él no pueda hacer nada. Cuarentitantos años de revolución han conseguido en Cuba notables resultados educacionales, una cantera de profesionales y técnicos brillantes. No han logrado, sin embargo, ofrecer destino suficiente a todo ese personal más allá de las aulas. ¿Qué hacer entonces con quienes después de haber pasado por las aulas se empeñan en prostituirse? ¿Qué medidas tomar con la más culta prostitución del mundo? ¿Doctorarla? Prostitución y proxenetismo no constituyen figuras delictivas según el Código Penal vigente en Cuba. Aunque ambas actividades pueden llegar a ser penalizadas bajo la consideración de peligrosidad. Peligrosidad, según el artículo 72 de la Ley 62 del Código Penal aprobado en 1988: “especial proclividad en que se halla una persona para cometer delitos, demostrada por la condición que observa en contradicción manifiesta con las normas de la moral socialista”. O sea, pura potencialidad que prescinde de pruebas. El primer Consejo revolucionario de Ministros había compartido con gobiernos anteriores el error de combatir efectos en lugar de causas. Varias décadas después, de modo no muy distinto, la administración revolucionaria se inclinaba por la represión, no daba con mejores maneras que las policiales. (Intentar una comprensión del asunto llevaría a los terrenos de la economía, de la devastación planificada). “Nueva Delicia” llamaba, tal vez sin ironía, al centro penitenciario que recibía a la nueva prostitución sentenciada por peligrosidad. Y Sartre que preguntaba por la austeridad de la revolución cubana... Diez años después de la última visita que hicieran a La Habana, Simone de Beauvior y Jean Paul Sartre firmaron, junto a otros muchos intelectuales entre los cuales se encontraba Susan Sontag, una carta abierta publicada en Le Monde que denunciaba los maltratos sufridos en Cuba por un grupo de intelectuales. Uno de los paralepípedos rectangulares que el escritor francés divisara desde la habitación de su hotel albergaría, con el paso del tiempo, un centro sanitario dedicado a combatir en pacientes extranjeros los caprichos de una particular enfermedad oftalmológica: la retinosis pigmentaria. Luego de sufrir de estrabismo, Sartre moriría ciego.